martes, 20 de agosto de 2013

LA CONQUISTA DE MÉXICO NO OCURRIÓ

La Conquista de México no ocurrió


Introducción
Repensar la Conquista de México, sí, pero ¿cómo hacerlo?
Hace ya muchos años, casi 35 años,  mi maestro  Ruggiero Romano, empezando un libro sobre Los conquistadores, se preguntaba si su empresa era justificada, si había algo nuevo que decir, si valía la pena visualizar una vez más una película cuyos actores eran harto conocidos[1], un evento sobre el cual todo parecía haberse dicho ya. Es evidente que esas preguntas eran un tanto retóricas, y que para él, ese librito escrito al margen de una gran obra dedicada a la historia económica de América, tenía mucho sentido. No queremos entrar en el análisis de esa obra, sino recuperar aquí ese sentimiento de déjà vu, expresado por Romano, como si el relato de la Conquista de México después de haber sido formulado, salmodiado durante siglos, hubiera agotado todas sus posibilidades analíticas y de producción de sentido.    
Porque al primer nivel, en ese nivel de “la letra”, que era el sentido histórico, según los exegetas medievales,  en ese “repensar la conquista” no podemos  esperar  proponer otro desenlace para ese evento, si consideramos “la conquista” solo como las irrupciones militares y las primeras batallas y destrucción de la imposición occidental  El resultado dramático para los pueblos americanos es suficientemente conocido por todos, pero a condición de no dejar ganar por el pathos y la indignación moral actual, es evidente que el re-examen de  los  relatos de esos inaugurales encuentros guerreros nos mostraría que queda  mucho por hacer para entender la lógica del triunfo de esas entradas conquistadoras. Por ejemplo, considerar a Cortés como a uno de estos  “genios que dominan la historia”, (o uno de esos seres perversos que llenan la historia de sus crímenes, es lo mismo) permitió ahorrarse la explicación más o menos verosímil de cómo funcionaba el espacio americano en el cual se desarrollo su empresa, pero permite a la inversa poder construir el discurso de la impotencia americana. Así, hurgar tras lo más visible de esos encuentros -lo más trillado-  me parece una tarea digna de interés, ya que con ella podríamos esperar entender mejor lo que sucedió globalmente en esos momentos y no sólo en el campo militar español.
Por otra parte, el impacto y naturaleza de ese “encuentro” ofrece pistas para entender cómo esa conquista, entendida como uno de los eventos constitutivos de la destrucción de la antigua “América”, perduró durante varios siglos y perdura probablemente hasta la fecha en algún rincón olvidado de las muchas Américas.
Pero es evidente que más allá de reconstruir con un mínimo de coherencia esas cabalgatas guerreras y sus efectos sobre las sociedades americanas, es también tarea de este seminario pensar el efecto  que el relato ineludible de este evento tuvo en su re-actualización secular en la conciencia de si de los mexicanos y latinoamericanos. La dificultad en los años del “Quinto Centenario” de pensar la Conquista en el cine como lo muestra Alexandra Jablonska en su trabajo, es un ejemplo de los resultados en el imaginario de ese “efecto Conquista”.

A quien pertenece el sello “conquista”
 Ahora debemos preguntarnos mínimamente si no hay alguna trampa escondida en nuestra ingenuidad misma, de creer que se puede impunemente “repensar la Conquista”. La pregunta sería ¿de quién es el discurso de la Conquista?  Creo que podríamos responder con el lema de los agraristas de principios del siglo XX, “la Conquista es de quien la trabaja”.
Una simple visita a una buena librería nos muestra rápidamente que la conquista es de todos, y que se ofrecen a la venta sobre el tema en México, libros de autores franceses, ingleses, norteamericanos, polacos, húngaros, sin olvidar los autores no traducidos al español, pero que pueden llegar a penetrar la cultura histórica nacional por caminos más oscuros. América es una pieza fundamental del imaginario histórico mundial desde hace varios siglos, con toda la ambigüedad que pueda tener como feed back para los imaginarios mexicano y latinoamericano, y por lo tanto, “La Conquista” llama la atención de muchos intelectuales extranjeros, como me ocurrió a mí hace más de 40 años. Hasta aquí nada de extraño, y finalmente, como no podemos impedirlo, debemos tomarlo en cuenta, porque también es ese mismo imaginario  -en alguna parte común- el que construye el sentimiento de solidaridad entre los pueblos, que atrae turistas, o entusiasma a los neo zapatistas franceses o italianos.
Así debemos confesar nuestra esperanza  de que en prioridad, nuestros  esfuerzos intenten organizarse desde México y para México, o más generalmente para América y desde América. Esto parece muy fácil, mera perogrullada, pero no lo es si empezamos a considerar que la mayoría de los relatos que han sido producidos sobre la Conquista durante siglos, así como en la actualidad,  han sido escritos desde territorios simbólicos exteriores a América, y con eso no queremos añadirnos al coro de lamentaciones indignadas que periódicamente denuncian la intromisión de los extranjeros en los estudios mexicanos de antropología o historia. Sólo queremos insistir aquí en el hecho que debemos repensar la Historia de México a partir de las necesidades históricas imaginarias que tiene el país y en eso probablemente deberemos luchar contra, o por lo menos desconfiar de, la imposición de ciertos esquemas de explicaciones provenientes de una simbología externa, aunque sea retomados por investigadores nacionales seducidos por los oropeles parisinos, ingleses o alemanes, o simplemente pecando de una cierta ingenuidad.
Y hablando de esa escritura externa americana, ya no queremos hablar aquí solo de los textos coloniales cuya lógica era la de justificar, cada autor a su manera, un poder extranjero impuesto sobre América y la creación de una gran empresa evangelizadora y colonial[2]. En este sentido los textos coloniales escritos sobre América en tanto que actos de comunicación entre hispanos, encontraban sus lectores preferentes en Europa y pocos, o ningún lector, en América. Y cuando de repente existía ese lector en América se trataba siempre de alguien perteneciente a uno de los círculos del poder delegado hispano de esa nueva España o algún erudito proponiendo “nuevas interpretaciones” para ese mismo público.
Hay una lógica colonial de los textos de historia de los siglos XVI, XVII y XVIII, y si esta no aparece hoy con tanta claridad, es porque han sido re-visitadas a partir del siglo XIX y XX y “re-significadas” para ser fuentes de la Historia Mexicana”. Para llenar nuevas necesidades ideológicas de justificación de los diferentes matices nacionales en pugna y en esa lógica colonial, se han ido buscando “buenos” discursos y prácticas colonizadoras presentables, como las del conjunto franciscano, con Tata Vasco y algunos otros, para oponerlos a los responsables malvados de la destrucción de las indias, cuyo arquetipo sería Nuño de Guzmán, figura de chivo expiatorio que sería interesante rastrear a lo largo de los siglos en la historiografía nacional.
El problema para mi es, que pensado desde la lógica de la gramática civilizatoria occidental, no hay buenos colonizadores, solo hay métodos más o menos violentos de destruir, de desertificar o de cohabitar, pero no se debe jamás olvidar  que esa cohabitación, por pacifica que se le quiera hacer parecer, siempre tiene por consecuencia la desaparición física, o por lo menos la lumpenización cultural y finalmente el etnocidio.     
Cómo en la división académica de la práctica historiana, las preocupaciones teóricas y metodológicas de los colonialistas son generalmente muy lejanas a las de los estudiosos del XIX; unos y otros no se han dado, o no quisieron darse cuenta, de que las diferencias supuestas en el tratamiento general del punto que nos ocupa aquí - una escritura de  la historia del indio - obedecen a la misma lógica de ocultación. Si en el siglo XIX, sobre algunos puntos, como es lo del indio, la historiografía nacional mexicana en construcción parecía quererse construirse en reacción a la lógica textual colonial, insistiendo en esa radical heteronomía existente entre la lógica del poder español y el proyecto de la Nación México, podemos ver como rápidamente fue llevada a recuperar gran parte del sentido de la historia salvífica, intentando torcerlo en su provecho.
Cuando pretendemos que la lógica de muchos relatos nacionales de historia corresponda no a lógicas y necesidades historiográficas realmente americanas y/o mexicanas sino, a pesar a veces de sus autores mismos, a necesidades imperiales del mundo occidental, podemos para mostrarlo indicar cómo se construyen aún en una dinámica de sentido que indica que no hemos salido aún de un modelo de historiografía teológica, y no serán los intentos fracasados de la “historiografía marxista” de las últimas décadas del siglo XX los que nos podrían convencer  de lo contrario.
En el siglo XX generalmente la dimensión occidentalizante del relato América, llamada en general eurocentrista, inaugurada desde la “invención” de las indias por Cólon (y probablemente antes, considerando la enorme carga simbólica acumulada en el imaginario occidental sobre “Las Indias”)  siguió omnipresente. Pero en ese siglo XX, darse cuenta de ese fenómeno se había vuelto mucho más difícil, porque ya no se trataba de afirmar en  la escritura de América el “destino manifiesto del elegido pueblo español” como en los siglos coloniales, ni el triunfo del credo de la modernidad capitalista e industrial visible a través del ambiguo lente de  la democracia política representativa, como en el siglo XIX[3].
La unificación simbólica  del mundo del siglo XX, producto de la globalización económica, particularmente a partir de los años setentas de ese siglo, volvió opaco el lugar desde donde se escribía América. Realizando, o imaginándose que realizaba, el ideal cosmopolita del intelectual ilustrado, el intelectual latinoamericano o mexicano podía vivir plenamente, cual diletante, la ilusión de ser totalmente francés en París, a la vez que inglés en Londres, como irlandés en Dublín, y disfrutar de Nueva York sin sentirse manchado por los crímenes yanquis.
Durante ese siglo, participando, pero a su manera - machacadora y sistemática - de ese confortable cosmopolitismo ilustrado, los europeos pretendieron  volverse una vez más los amos de la escritura de América, estructurando un nuevo saber “americanista”, reinterpretando, refuncionalizando a veces, los tropos que les parecían más obsoletos de las anteriores escrituras de América.

Américas imaginarias
 Si bien para los universitarios de la segunda mitad del XX, escribir Américas, era colmar en cierta forma necesidades internas de exotismo y/o  una simple  afirmación narcisista de la nueva forma del logos occidental, era también un medio relativamente fácil y poco cuestionado de construir una carrera en las instituciones universitarias del primer mundo. En la medida en que para muchos occidentales la constitución de ese saber México, pertenecía no a un espacio idéntico al espacio europeo sino a un lugar de confines; y el rigor historiográfico que presidía a la escritura de la historia europea, muchas veces no se trasportó idéntico, ni se transporta en la actualidad,  en las tareas de escritura de la historia americana.
Como América pertenece desde hace siglos al universo imaginario europeo, se diluye el rigor historiográfico, y muchas explicaciones historiográficamente atrasadas, que con horror se verían aplicadas a hombres y sociedades europeas, pueden ser propuestas sin ningún problema para la historia americana.
En México en general no se ha prestado mucha atención a ese problema de reconocer los lugares de esa geografía simbólica desde donde son construidos y toman su legitimación los saberes académicos, aunque no faltan los marcadores lingüísticos que nos señalan pistas para esa investigación tan necesaria, si queremos realmente hablar desde México y para México.
 Por ejemplo, la omnipresencia del concepto de humanismo como el epíteto de humanista y todas sus declinaciones posibles, tan frecuentemente acolado a todo tipo de personajes históricos de los siglos coloniales y subsiguientes sin, o casi sin ninguna reflexión real, es una muestra  de que en algún lugar de este discurso se intenta obviar la distancia entre el lugar desde donde se habla y el lugar de quien se pretende hablar: una de las características fundamentales de la producción histórica. Se pretende hablar de personajes americanos cuando sólo se refrendan modelos de vidas ejemplares típicamente occidentales. El ejemplo de los innumerables retratos del rey Nezahualcóyotl, entre muchos otros posibles, son muestras de ese tipo de discurso donde se pretende decir a la antigua América sólo logrando refrendar las fantasías anacrónicas del Logos occidental. 
La escritura de la Conquista de México ya no pertenece realmente a su “mundo natural”, tanto el mundo de la historiografía mexicana -“herederos” de los conquistados- o de la historiografía hispana -herederos de los conquistadores-. Sería suficiente con ir a una librería del DF como la Gandhi, ese gran baratillo de la cultura nacional, para darse cuenta de la omnipresencia actual de textos producidos en Europa y desde Europa.  El hecho que la Conquista de México haya sido cooptada por la historia mundial e incluida entre las grandes hazañas conquistadoras del mundo, no se traduce sólo por esa impresionante producción que evidentemente influencia por sus interpretaciones la producción nacional, sino que tiene unos efectos más perversos.
Sería interesante en el futuro analizar el ambiguo papel de las  instituciones académicas,  así como de ciertos aparatos culturales del primer mundo -universidades, periódicos, editoriales, etc.- en la perennidad de ciertos mitos de la historiografía mexicana. Por la cantidad de premios, decoraciones y felicitaciones diversas que estos otorgan a algunos santones y menos viejos de la historiografía nacionalista mexicana, ese aval internacional favorece el monopolio que estos caciques académicos y sus seguidores ejercen en el control de la enseñanza y la investigación, al impedir la difusión de nuevas propuestas historiográficas.
Es evidente por otra parte que en este mundo globalizado existen redes y complicidades internacionales que tienden a afianzar ese poder y a mantener una cierta doxa sobre ese periodo, y si queremos desbloquear la investigación sobre el periodo de la conquista, o sobre otros periodos, tendremos que proponernos una serie de investigaciones de estudios culturales sobre las redes de legitimación mutuas que estructuran la producción de ese saber.

Esperando un nuevo país...
 Creemos que hay varias razones de base que nos obligan hoy a intentar construir un nuevo relato sobre la conquista. La situación política y cultural en México ha evolucionado en la última década de manera importante, el discurso nacionalista que hacía del mestizo la figura fundamental, el sostén y futuro de la nación, ha tenido que dar paso a la reivindicación de un México pluri o multicultural, impuesto por las luchas “comunitaristas” de los diferentes grupos étnicos que existen en el país y cuyas reivindicaciones al reconocimiento político y cultural hoy parecen firmemente afirmadas. No es inútil aquí, creo, recordar que muchas de estas luchas son muy anteriores a la emergencia a la luz pública del neozapatismo chiapaneco, luchas que, en cierto sentido, este movimiento hipermediatizado, ha probablemente opacado, si no profundamente trastocado.[4]  
No viene al caso enumerar aquí todas las esperanzas de las cuales un nuevo México es portador ni tampoco de los frenos a los cuales estas esperanzas tendrán que enfrentarse. Pero en el orden historiográfico está hoy muy claro que el historiador o el científico social que intente pensar América, y más aún, un evento cargado de violencia  simbólica como la Conquista, no debe olvidar que toda palabra vertida en ese proceso puede a la larga producir sangre, lágrimas y violencia. Y si sucumbimos a esa tentación de asumir el papel del profeta, que es siempre muy tentadora para el historiador o el científico social, podemos decir que nos parece que la herida fundamental abierta por la conquista hace 5 siglos, no esta aún sanada y que ese absceso purulento, desde hace siglos, impide que se gesten identidades populares liberadoras en ciertos países de nuestra América Latina. Parece hoy urgente sanear esas heridas antes que un Osama Bin López boliviano, ecuatoriano, peruano, guatemalteco, o mexicano venga a despertar las mediocridades ambiguas y sinsabores de las identidades nacionales u otras, que intentan tapar desde hace 5 siglos un racismo profundo y tenaz, generador de un resentimiento popular que probablemente en ciertos países o regiones solo espera una chispa para explotar.[5] 

El relato de la  Conquista, entre historia y antropología
Por otra parte la principal dificultad y ambigüedad de un  proyecto de repensar  hoy  la conquista de y desde México, podría provenir de que en este país no hubo, sino hasta fechas muy recientes, intentos de construir un pensar historiográfico radical y menos aún sobre ese periodo fundamental de la conquista.[6]  La adopción de la identidad mestiza como fundamento nacional, es el espejismo que permitió probablemente durante un siglo (1860-1960) “olvidarse” de pensar las antiguas culturas americanas en sus densidades historiográficas propias. Estas sólo fueron tratadas en la dimensión estructurante e uniformizante de la antropología, lo que permitía evacuar en cierto sentido lo que había sido para ellos el evento Conquista. Desde el intento abortado de Carlos María de Bustamante en las primeras décadas del siglo XIX, jamás se volverá a intentar  pensar realmente “una historia de los indios”, o pensar el periodo precolombino como auténtico prolegómeno a la historia nacional, porque el indio vuelto “Problema Nacional”, debía a toda costa ser redimido y solo podía tener un devenir “histórico” en su asunción o su desaparición en la fusión mestiza nacional, o más tarde, en el proletariado agrícola anónimo de un anhelado México socialista.
 La solución al “problema indígena” o “indio”, como restos fósiles de situaciones históricas anacrónicas, plantas parásitas y venenosas de la “evolución natural del pueblo mexicano”, se volvió así un mero problema técnico-administrativo que los especialistas de la  antropología mexicana, nacionales o extranjeros  se encargarían  de resolver.
Esa división del saber propuesto por la élite cultural mexicana en la segunda mitad del siglo XIX, sigue aún vigente en la historiografía nacional, a saber, que todo lo que toca al indio es tratado desde la antropología y todo lo que toca de la sociedad mestiza al México moderno, es generalmente analizado según criterios historiográficos. Estos criterios pueden ser múltiples, pero es suficiente hacer el recuento de las escasas páginas en las cuales aparece la figura del indio en los relatos de historia contenidos en la actualidad en los libros de primaria, para darse cuenta que sólo es realmente objeto de historia un sector social que fue durante siglos muy minoritario. Y sólo las ambiguas prácticas nacidas de la seducción antropológica impiden a los historiadores ver a los monstruosos productos de esas relaciones perversas. El indio sigue en México estando preso de la Antropología y eso no molesta aparentemente a nadie. Que esta confusión de registros analíticos se haya generalizado en Europa desde hace unos 20 años, es una cosa, pero en esos países esa confusión no lleva a muchas consecuencias sociales dramáticas, en la medida en que se aplica a objetos y sujetos de un pasado en general remoto, a la época medieval o a creencias populares generalmente campesinas de siglos anteriores a la modernidad, y los campesinos europeos sobrevivientes manifiestan más hoy por el deterioro de su nivel de vida y su desaparición programada,  que por la imagen pésima que se sigue dando  aún de ellos en los libros de historia. Pero en México la antropologización del indio ha tenido un efecto profundamente negativo, no sólo sobre la historiografía nacional, sino sobre la suerte misma de los sujetos antropologizados. Esa antropologización tuvo como consecuencia la transformación de unos indios físicos en indios folclorizados, despojados de sus auténticos signos de identidad colectiva, que son la marca de una posible historicidad propia. Y hemos llegado así a esa total confusión y manipulación oportunista de estos miles de indios de papel, que vuelve gigantesca e improbable la tarea de una arqueología discursiva, único medio capaz de preparar el terreno para construir una historia indígena.  

El saber compartido sobre la conquista
Por otra parte, si queremos  pensar de nuevo la conquista, ese intento  nos obliga a  esbozar ahora, mínimamente, la Vulgata nacional o el saber compartido construido sobre ese momento fundador. 
En México, el control  político ejercido por un mismo partido en el poder durante más de 70 años, su liturgia nacionalista, su control casi absoluto sobre los sindicatos de maestros encargados de la enseñanza primaria y secundaria, así como la existencia de libros gratuitos para esa enseñanza, ha logrado moldear un conjunto historiográfico relativamente homogéneo. En esa Vulgata estrictamente vigilada,  los relatos de los “grandes episodios de la vida nacional”, infinitamente repetidos, han logrado moldear un imaginario nacional compartido por la mayoría de los ciudadanos, lo que no impide que puedan existir ligeras variantes en ese relato.
 Pero en cuanto a la Conquista, vista desde la academia, el mundo profesional de los historiadores, podemos considerar que coexisten dos grandes conjuntos discursivos que estructuraron, aunque sea de manera a veces contradictoria,  el saber compartido actual en México sobre la conquista. Los dos se elaboraron entre los años 1960 y 1980: uno fue producido por la escuela de historia de El Colegio de México, y el otro en la UNAM, en el grupo estructurado alrededor de M. León-Portilla, “heredero” de los trabajos de Mons. Ángel María Garibay,  y si creemos a Guillermo Zermeño, también por muchos aspectos de Manuel Gamio, aunque se puede considerar que el sobrino, MLP, logra voltear y vaciar  gran parte del contenido de lo que había adelantado el tío.[7] Como lo veremos, lo interesante es que en ningún momento esas dos “escuelas” intentaron  llevar a cabo un científico enfrentamiento historiográfico, sino al contrario, se asistió, como vamos a verlo, al reconocimiento tácito de un pacto de no agresión y a una respetuosa repartición del pastel historiográfico y de sus prebendas. Y es evidente que la figura identitaria de la mexicanidad construida después de la Revolución por los aparatos culturales estatales, con la figura única del mestizo, permitió ese pacto de no agresión y así no prosperaron las protestas de O’Gorman ni las polémicas abiertas en los años 50 entre “indigenistas e hispanistas.”[8] 

 La doxa vista desde el Colmex
La aparición de una Historia de México en 4 volúmenes, elaborada y publicada bajo los auspicios de El Colegio de México, en 1976, se situaba en la perspectiva de constituir una nueva Vulgata historiográfica como lo había sido en su tiempo México a Través de los Siglos, o México y su Evolución Social, y desde ese punto de vista, fue un auténtico éxito.  Ese éxito y ese dominio fueron tales, que explica probablemente que no se hayan desarrollado estudios analíticos que posteriormente nos explicarían la génesis, las dificultades de la empresa, las esperanzas de sus autores, así como las del arquitecto del proyecto, don Daniel Cosío Villegas.
 Es probable también que desde esa fecha el triunfo de esa Historia General fuera facilitado por las dificultades en las cuales se encontraba enfrascada una buena parte de la inteligentzia mexicana fascinada por el materialismo histórico e incapaz de encontrar derroteros “comprometidos” para pensar alguna renovación historiográfica. El éxito fue tal que con el tiempo ese relato se volvió  el discurso de referencia de la historia nacional, tanto al interior como al exterior del país.

 El disfraz antropológico
Pero al mismo tiempo, en la Universidad Nacional Autónoma, el gran cantante de un ambiguo indigenismo mexicano,  M. León-Portilla, calzando las botas de su maestro A.M. Garibay, seguía su irresistible ascensión hacia el pináculo nacional e internacional, su  “Visión de los Vencidos” entraba en su séptima edición y ya se habían multiplicado las traducciones a las principales lenguas “cultas” del planeta.  Paralelamente a su recepción editorial en las principales universidades europeas y norteamericanas, se fueron creando tempranamente grupos de aficionados que generaron auténticas metástasis que servirían a su vez de apoyo y legitimación “científica” a ese discurso seudo histórico que a todas luces carecía totalmente de él, por lo menos según los cánones que la producción historiográfica consideraba como “científicos” en esa época. En cierta medida, se podría formular la hipótesis, que se necesitaría examinar con sumo cuidado, de que fue en parte la muy buena recepción extranjera de ese conjunto seudo histórico, lo que le dio la fuerza que adquiriría en México. Tal vez no sería la primera vez que un texto mediocre pero fundamentalmente ventrílocuo producido en un país periférico, después de haber sido recibido y publicitado por los países del centro, fuese impuesto por el simple peso de la dominación cultural del  imperio.
Es evidente que un estudio exhaustivo de las otras obras y de la carrera de MLP, su infinidad de premios y decoraciones, sus funciones políticas nacionales y de representación internacional, mezclado con la multiplicación de sus ediciones, etc., reservaría probablemente muchas sorpresas, y pensado en estos términos, ayudaría a complementar el estudio del éxito intelectual de sus propuestas más estrictamente “historiográficas” de la conquista[9].
Pero si regresamos al nivel estrictamente historiográfico, que es el que nos interesa aquí: ¿qué hay en común entre esa ausencia total de reflexión historiográfica sobre las condiciones intelectuales de “producción”[10] de los textos de esa Visión de los Vencidos, con los trabajos contemporáneos de los Annales o los trabajos de las escuelas historiográficas alemanas, italianas, sin olvidar los trabajos muy conocidos en México de un E. P. Thomson o de los historiadores marxistas ingleses que dominaban el escenario historiográfico en Europa antes de llegar  a México?
Saber porqué ese discurso fue adoptado sin casi ninguna crítica, y después se difundió por el mundo entero  y/o por qué y cómo las voces disidentes fueron calladas o minimizadas, sería de por sí el tema de una interesantísima y apasionante investigación de historia  cultural mexicana y a lo mejor algunos de ustedes podrían encontrar aquí una rica veta para sus tesis universitarias. No crean que cuando digo que hubo presiones institucionales y de todo tipo, estoy exagerando, las luchas de papeles, en tanto que representan intereses de grupos intelectuales, con causas o sin ellas, o sean sólo movidos por el interés propio inmediato o gremial, esconden una violencia de tipo policíaca bastante fuerte. Evidentemente en México en un mundo intelectual dominado por lo políticamente correcto, pero bajo la omnipresencia vigilante de los caciques culturales, estas luchas tras los escritorios supuestamente no existen,  y por lo tanto, no pueden ser estudiadas y menos ser objeto de tesis.
El hecho es que  la Visión de los Vencidos se volvió el texto dominante y fundador de una larga tradición “cultural” nacional e internacional y que los historiadores “científicos” de la época no quisieron rebatirlo, o no  supieron rebatirlo los que lo intentaron, porque también intentaron dar la batalla en forma dispersa. Pero lo más probable también es que ese texto cumplía un papel tan fundamental, tapaba un hoyo tan grande para la identidad nacional, que poco importaba la completa ausencia  de fundamentos “científicos” o historiográficos. Tampoco los investigadores marxistas de entonces, tan dados a denunciar todo lo que les parecía oler a “ideología burguesa”, encontraron nada que decir a esa “Visión de los Vencidos”, que no era otra cosa que una grosera manipulación y falsificación historiográfica.  
Así el relato de la historia nacional y particularmente el relato de  la conquista de México, se instituyó y se desarrolló desde esa época entre esos dos grandes modelos de prácticas discursivas, entre una historia nacionalista con tendencia liberal y ligeramente, o de superficie  marxizante, tal como la estableció El Colegio, y una supuesta antropo-historia sentimental e impresionista, psicologizante, desarrollada por la escuela Leonportillista, que jamás negó realmente su doble origen clerical y nacionalista.
Hay que subrayar que estas dos corrientes intelectuales o estas dos maneras de “hacer historia” de México cohabitan desde hace décadas, y si esta cohabitación fue relativamente “pacífica”, es porque el Leonportillismo no se desbordó de la apropiación-reinvención del mundo indígena desde donde emergió, espacio con el cual los  historiadores  que se decían “comprometidos”  y los otros, se sentían poco en sintonía entre  1960 y 1990.[11] 
Lo interesante y ambiguo de esa ausencia de enfrentamiento, a excepción de algunas intervenciones del maestro O’Gorman (y alguno que otro investigador), es que el Leonportillismo encontró siempre una manera hábil de evitar un enfrentamiento con la historiografía científica.
M.L.P. siempre consideró que su trabajo y el de su escuela, tal como lo había en su tiempo ya pretendido su tío, Manuel Gamio, se situaba en la línea directa que, según él, habían abierto los evangelizadores “humanistas”, defensores del Indio (sic), y particularmente se cobijaba bajo el hábito de fray Bernardino de Sahagún, al cual construyó la estatua de bronce, periódicamente repintada con grandes gastos y esfuerzos, de “primer antropólogo.”[12] Colocarse en la antropología y disfrazarse de humanista era un buen método para escapar a los apretados criterios de historicidad que empezaban a imponerse en el gremio historicus  para  definir a la práctica historiana en esos años. Pero regresemos  al intento de escritura de la conquista en la tradición historiográfica de El Colegio de México.

 La conquista  en la  Historia general de México, de  El Colegio de México.
 Si el relato general elaborado en la década de los 70 por los investigadores de El Colegio se constituyó en la referencia de base, la Vulgata nacional,  sobre los 5 siglos de historia nacional, en lo que respecta al momento de la conquista de la capital azteca, se ve muy bien como Alejandra Moreno Toscano, una excelente historiadora, y una de las mejores de su generación, en su ensayo “El siglo de la conquista”, se rehúsa  a esbozar un mínimo relato de ese encuentro. Sólo en un estilo telegráfico, retoma los puntos más clásicos de la epopeya Cortesiana. En un poco más de una página, enumera desde la partida de la expedición, hasta el encuentro con Moctezuma. Así desfilan a toda velocidad el rescate de Aguilar y el encuentro con La Malinche, con el cual “Cortés se ha hecho de sus mejores armas” y  permite que Cortés se inicie en el conocimiento de la tierra”. Se trata la  fundación de la Villa Rica de la Veracruz como una simple decisión de “establecer una base”. Cortés recibe los regalos de Moctezuma y la solicitud de que no se adentren más en sus tierras.
Pero de repente el relato deja la enumeración de hechos “verídicos” en términos bernaldianos, y muy racionales, con los cuales siempre se describe a la acción de los españoles. Cortés, pretendiendo impresionar a los indios mensajeros, despliega su caballería y hace tronar  cañones, y éstos de regreso con Moctezuma “le dicen que los recién llegados montan enormes venados que les obedecen como si fueran un solo jinete y montura, pero, sobre todo le dicen que los nuevos llegados tienen el dominio del fuego”.
 No solamente Cortés no se detiene sino que percibiendo las rivalidades entre los pueblos indígenas aprende como aprovecharlas. Llegando sobre el territorio de Tlaxcala “derrota a Xicotencatl” y establece alianza con éste, y por miedo a una posible emboscada en Cholula, “se adelanta para dar a los indígenas  un castigo ejemplar” (?).
El movimiento del relato se acelera como en las viejas películas del cine mudo:
“Cortés continúa su camino rumbo a México. Es recibido por Moctezuma a las puertas de la ciudad. Moctezuma le entrega  simbólicamente la ciudad  y lo aloja  con toda su gente en sus palacios. Los colma de regalos. Hace que le muestren los libros de tributos  y los mapas de la tierra.”  ¡Tan tan!
Pero nada puede ser tan  sencillo.
Cortés es informado de que viene Pánfilo de Narváez para apresarlo. Este apresa a Moctezuma, dejando a Alvarado al cuidado de la ciudad y se coloca frente a Narváez. Cortés lo derrota y el ejercito de Narváez  “pasa a engrosar las filas de las tropas de Cortés”. Éste, informado del “levantamiento de los mexicanos”, regresa sin tardar a la capital. 
Está claro que Alejandra Moreno, al escoger producir un relato tan escueto, rompe con una larga tradición historiográfica que produjo, y sigue produciendo, innumerables relatos sobre esa larga marcha española y las reacciones indígenas a esa invasión. Pero romper con ese tipo de relato no parece deberse a un interés historiográfico nuevo sobre ese encuentro, sino a la presencia masiva en el saber histórico compartido de la cultura nacional de esa época, de ese otro relato del cual hemos hablado, que se estaba constituyendo en  la interpretación dominante y que paralizó por años cualquier intento de concebir otra interpretación de esos primeros momentos del “encuentro”. El efecto de esa masiva omnipresencia hace que esa autora ni siquiera intentara esbozar una mínima polémica historiográfica con la otra corriente en competencia, aunque hubiera sido desde el estricto punto de vista de la elaboración y los criterios clásicos definidos por la ciencia histórica de esa época, que ella domina y utiliza  en su ensayo, pero sólo en el relato que produce,  apenas “superada”  la toma y destrucción de Tenochtitlan, la capital Mexica.
Por eso el relato del encuentro Motecuzoma-Cortés, más bien fundamental en la versión Leonportillista, en el de ella, tiene que ser  ejecutado en  escasas líneas.
Lo primero que se nota en ese escueto relato de la conquista, es la decisión  historiográfica de centrarlo sobre la figura de Cortés, quien ya desde su desembarco domina con su estatura los espacios americanos, y la voluntad correspondiente de hacer desaparecer a Motecuhzoma, el cual solo se mencionará después del encuentro dando regalos o cuando Cortés intenta apaciguar el levantamiento de los Mexicas utilizando a Motecuhzoma. Pero desde ese momento el deus ex machina es Cortés, y Motecuhzoma a lo sumo, una victima inocente, para no decir un pelele.
 Cortés es considerado en ese relato como el conquistador perfecto, el que hace un recorrido casi sin faltas desde su desembarco, y la antigua América es la tierra virgen y casi pasiva sobre la cual se escribe a punta de espada un nuevo destino colectivo para españoles e indígenas.
Por suerte, los “mexicanos” se levantan y la batalla por México que ella considerará como “la Conquista”, nos permite ver como va a utilizar las fuentes documentales disponibles, y aquí se puede apreciar como todo relato de la conquista en ese entonces ya no podía escribirse sin tomar en cuenta ciertos aspectos de la visión Leonportillista, aunque intenta cuidadosamente evitar todos los elementos lingüísticos que recordaran la “Visión de los vencidos”. Para ella aparentemente no hay ni vencedores  ni vencidos, solo testigos. 
“Limitados por el lenguaje, no podemos recuperar el episodio de la conquista.  Dejaremos la palabra a quienes lo vieron: La voz de los españoles la llevará Cortés (Cartas de Relación), la voz de los defensores de México se recoge entre los informantes de Sahagún y los redactores  de los Anales de Tlatelolco.” 
Así “las fuentes” o por lo menos las que ella considera como las más autorizadas sobre ese momento, le permiten componer una especie de epopeya guerrera con refranes  alternados, en los cuales intervienen cada una a su turno  “las voces” españolas e indias. Aquí se muestran claramente los límites del concepto de objetividad en historia  que se forjaba en esa época, meter en paralelo discursos “indígenas” y discursos españoles parecía, y sigue pareciendo a muchos, una garantía de objetividad.
La larga lamentación sobre el asedio español a la ciudad propuesta por Alejandra Moreno, es dotada de innegables cualidades literarias, y si bien produce un verdadero efecto dramático, a su vez  introduce muchas dudas historiográficas sobre la utilización de fuentes provenientes de diferentes horizontes, utilizadas en un mismo nivel de relato. Esa recreación más literaria que histórica en una quincena  de páginas relata la conquista de México-Tenochtitlan hasta que se acaba la resistencia de los mexicas con la destrucción de su ciudad.
 La autora entra después en una discusión mínima sobre lo que ocurrió, pero otra vez sin considerar en ningún momento una reflexión sobre la naturaleza de sus/las “fuentes indígenas”. Algunos de los juicios críticos emitidos provienen casi sólo del sentido común, así considera que las vacilaciones de Motecuhzoma en cuanto a lo que había que hacer con los españoles provienen, no tanto de una incapacidad psicológica del Tlatoani, como lo pretende la escuela Leonportillista, sino probablemente de las divisiones existentes entre la nobleza azteca. Incluso más que de divisiones, la autora habla de “descomposición de un grupo dominante”.   A su manera, Alejandra Moreno retoma el concepto de crisis heredado del marxismo y que fue omnipresente en esos años, concepto operatorio que se introducía a como diera lugar para construir supuestas explicaciones que permitieran “entender” cualquier momento y situación histórica[13].
La utilización de esa descomposición o de esa “crisis” interna de la estructura dominante mexica le permitirá escribir que frente al fracaso de una oligarquía en la defensa de la tierra patria,- recordemos que estamos todavía en un relato nacionalista y populista -,
“al romperse la unidad de la nobleza indígena se inicia, por el proceso mismo de la guerra, una nueva dirección política entre los mexicanos... el pueblo bajo, refugiado en Tlatelolco  durante los últimos días del asedio termina por hacerse responsable de su propia defensa...”[14] 
Me parece que con esa frase Alejandra Moreno firma magníficamente el intento historiográfico crítico de su generación, frente a la crisis política patente en México, provocada por el deseo de los viejos caciques políticos de mantenerse en el poder a cualquier costo, incluso con la masacre de su juventud universitaria. Esa generación nueva de investigadores se auto-afirma como alternativa al poder y se presenta como un relevo político “popular” frente a lo que se empezaba a llamar entonces, los dinosaurios de la cultura y la política nacional.
Una reflexión historiográfica sobre las fuentes parecería poder esbozarse, cuando Alejandra Moreno constata con cierto humor que:
“En los años siguientes a la conquista, el haber auxiliado a los españoles durante el sitio de México, se convirtió en una frase retórica más o menos utilizada por los grupos indígenas que pedían algún favor al rey de España. Entre muchísimos otros, por ejemplo, en una carta fechada de 1563, los caciques de Xochimilco alegan entre sus méritos  haber  ayudado a Cortés: “le dimos dos mil canoas en la laguna, cargadas de bastimentos, con doce mil hombres de guerra...como los Tlaxcaltecas estaban ya cansados...el verdadero favor, después de Dios, lo dio Xochimilco” . [15]
Pero esta constatación y su conocimiento de las fuentes coloniales no desembocarán sobre una reflexión historiográfica general sobre la naturaleza de los testimonios recogidos en los documentos y otras “fuentes indígenas” del siglo XVI, ni sobre sus condiciones de elaboración y la construcción de sus criterios de  verdad.
 Al contrario, parece admitir como histórico el episodio, muy dudoso, del príncipe  Ixtlilxóchitl de Tezcoco, quien descontento por su exclusión del poder en ese reino,  habría propuesto a Cortés una alianza privilegiada contra Tenochtitlan y en un mismo movimiento iluminado por la predicación de Cortés, habría pedido ardientemente ser bautizado. Imponiendo también el bautizo a su pequeña corte, e incluso a su madre santa que, renuente al principio a esa repentina conversión, debe al fin obedecer al deseo de su hijo que la amenaza, bajo el influjo de su ardiente fe de neófito, nada más con quemarla en su propio palacio[16]
Lo que resalta a primera vista en este relato de la Conquista de México, ejecutado en apenas 25 páginas incluyendo el largo recitativo poético-literario sobre la destrucción de la capital mexica, es que la autora no se atrevió a tratar el evento Conquista de México  sobre el mismo modo historiográfico que la parte siguiente de su ensayo sobre historia colonial. Es probable que la versión de la Conquista propuesta por la escuela Leonportillista, fuera ya demasiado triunfante tanto en México como en otros países. Le quedaba sólo hacerlo desaparecer, y por eso pudo proponer solamente el  producto de una práctica historiográfica ambigua, que corresponde mal a los criterios historiográficos del relato inaugurado al terminar esos acontecimientos iniciales  sobre la construcción de la nueva colonia española. Por otra parte parece  evidente que tanto la autora como la mayoría de los de su generación, no se sienten muy a sus anchas en esos prolegómenos “indígenas” al nacimiento de la Nueva España. Si bien construir historiográficamente un relato de la conquista hubiera llevado a un enfrentamiento radical automático con la construcción seudo histórica Leonportillista,  tampoco hay que olvidar que la visión nacionalista oficial dominante desde hacía casi un siglo sólo exaltaba la figura del mestizo. La figura del indio estaba aún cargada de tantos rasgos negativos, que su manejo historiográfico, en esa época, era muy ambiguo, y para colmo, las interpretaciones marxistas que sostenían muchas de las esperanzas de renovación del país, imaginaban sólo para las comunidades indígenas del país, como máximo, el futuro radiante de las granjas colectivas del socialismo autoritario, despojadas de los últimos rasgos que marcaran alguna identidad indígena.
Pero también nos parece evidente que una historiadora inteligente, bien informada y “progresista” como Alejandra Moreno no podía ignorar todas esas presiones sobre la redacción de su relato; podemos pensar que estaba consciente, hasta cierto punto, de que  esa mitohistoria Leonportillista sólo sacaba su único criterio de verdad de la afirmación mil veces repetida y jamás demostrada de que se trataba de “La visión de los vencidos”, y por ello tuvo que procurar evitar entrar en conflicto con ella, pero no podía tampoco hacer como si no existiera; de ahí la ambigüedad que nace de su relato al rozarla sin comprometerse con ella.
Pero la ambigüedad fundamental presentada por el relato de Miguel León-Portilla –La visión de los vencidos- no podía ser evacuada del todo, porque ¿quién podría negarse en esos años a, por fin, escuchar  la  palabra de los vencidos? y ¿cuál corazón, liberal o progresista, podría rechazar ese testimonio y no ser conmovido, si en  esos años se repetía  a saciedad el refrán simplista de que  “la historia la escriben los vencedores”?
Alejandra Moreno intenta salvarse de esa trampa  utilizando algunos de esos “testimonios indígenas”, pero poniéndolos en paralelo con Las Cartas de Relaciones en un recitativo poético que se asimila más a un relato mítico de fundación,  a una “protohistoria”,  que a un verdadero relato de historia de la Conquista de México.
Es por eso que su ensayo sobre el relato de la Conquista es en cierta medida puesto entre paréntesis, y la historia empieza realmente sólo con la organización de la nueva colonia. Esta propuesta de tratar así el encuentro americano iba a tener a la larga funestas consecuencias historiográficas sobre el estudio de ese periodo, porque dejaba el campo totalmente abierto a la mitohistoria Leonportillista, y en cierta medida ese compromiso reforzaba la doxa contraria, por lo que se perdió una vez más la ocasión de rescatar a “los indios” de su limbo antropológico, y tampoco se pudo inaugurar a partir de esa Historia General del Colegio de México, una reflexión historiográfica que hubiera abierto una pequeña puerta a una “Historia de los pueblos indígenas de México”.

La Conquista en la nueva edición de la Historia General de México (Versión 2000)
En la nueva edición de esa Vulgata que ofrece  para el nuevo milenio  el COLMEX a la nación, con su  “Historia General de México, versión 2000”[17], constatamos que el episodio fundador de la Conquista ha desaparecido aún más, y está prácticamente silenciado. El capítulo de Alejandra Moreno Toscano, intitulado, recordémoslo, “El siglo de la Conquista” y que empezaba con el subtítulo “La Conquista de México-Tenochtitlan”, ha sido suprimido, suponemos que con el acuerdo de su autora, y si tal es el caso, creemos que hay que felicitarla de esa valiente decisión. Son escasos los autores capaces de tal aggiornamento, la mayoría prefieren ver reimpresas sus obras aún cuando estén conscientes  de que muchas partes de ellas se han vuelto obsoletas e incluso dañinas para el desarrollo historiográfico.[18]  Si bien creemos que esa decisión fue muy sabia, no es porque ese artículo fuese particularmente malo, al contrario, fue en su tiempo, como lo dijimos, un intento valiente de dar cuenta de ese momento fundador, pero esa ausencia del hecho “Conquista de México”, en la nueva versión 2000, reaparece como lo que ha sido siempre dicho evento, un hoyo negro que aspira toda la energía y la imaginación historiográfica nacionales.
 Es Bernardo García Martínez quien después de haber inaugurado el volumen con su capítulo sobre “Regiones y paisajes de la geografía mexicana”[19]  se da a la tarea de explicitar para nosotros “La Creación de la Nueva España” en donde encontraremos  tratado escuetamente el momento Conquista. Pero es interesante anotar de entrada que la palabra conquista prácticamente desapareció. Así el lector ingenuo, a quién está dedicada en principio esta obra general,  buscaría inútilmente en la tabla de materias de esa Historia General una referencia a la “Conquista de México” o de Tenochtitlán a la altura de su importancia en la conciencia histórica nacional e internacional. Encontrará solo un sub-capítulo intitulado “La irrupción de los conquistadores”, dividido  en dos partes intituladas “Alianzas y guerras” y  “La gran conquista”. Esa última contiene, en un poco más de una página, una reflexión sobre la empresa cortesiana, y de como éste, desde Zempoala, se fija como meta  la llegada a la capital azteca. La forma misma adoptada para ese relato mínimo del evento Conquista nos interpela porque podemos preguntarnos por qué en ese tipo de obra un autor finalmente propone sólo un resumen escueto de ese momento clave de la historia nacional. Podríamos hacer la hipótesis que se trata para él de ahorrar papel y la voluntad de no añadir más paginas  a un libro ya en sí mismo voluminoso o que lo guía el cuidado del lector no queriendo aburrirlo ni imponerle esfuerzos inútiles, porque supone en los dos casos de figura o retóricamente hace como si pensara, que este acontecer por su trascendencia tanto nacional como mundial, es bien conocido por todos.
Pero no creemos que sea esa la razón principal, creemos que es probable que hoy el episodio de la conquista de México se haya vuelto indecible. Como especialista de geografía histórica, el autor sólo construye el movimiento de la Conquista como momento previo a la construcción de un espacio colonial, y por eso no necesita repetir ni construir una nueva interpretación. Así sus reflexiones mínimas sobre ese evento de “la gran conquista”  incluyen en esta la conquista de Michoacán, (porque probablemente este autor se encuentra ligado sentimentalmente a esa región), como parte del mismo movimiento que se inaugura con la llegada de los españoles a las costas del Golfo de México, se afianza con las alianzas indígenas y se afirma con la conquista de la capital mexica.
  Antes de ir más adelante debo reconocer que no puedo presentarme, sin autoengañarme  profundamente e intentar engañarlos a ustedes, como la figura anónima de ese lector más o menos ingenuo, es decir, un lector que busca saber lo que realmente ocurrió en la Conquista en un libro autorizado. El éxito masivo de esa obra, su presentación en un solo volumen, la asemeja a una Biblia, a esa Vulgata de la cual ya he hablado y en la cual el público culto en general, los estudiantes, los curiosos de la historia, buscan entender el pasado nacional. Nosotros debemos y podemos preguntarnos por las causas historiográficas de esa desaparición. Es evidente y en una primera aproximación, que no se trata de un olvido, una amnesia momentánea y pertinaz como la que durante años afectó a los historiadores mexicanos  cuando “olvidaron” escribir por ejemplo “una historia de las comunidades indígenas.”[20]
Aquí no puede tratarse de  un “olvido” del tipo: “chin, se nos olvidó la Conquista” porque en la versión anterior sí existía un capítulo intitulado, “El siglo de la Conquista” y su “reemplazo” por uno llamado “La creación de la Nueva España”, marca la voluntad de los editores de esa obra, una voluntad  historiográfica, si no de borrar el evento Conquista, por lo menos de diluirlo ocultando gran parte del contenido simbólico atado a ese momento considerado, a pesar de todo, como uno de los grandes momentos de una  épica universal. 
Ahora  intentaremos ver rápidamente como se construye esa ocultación.
Como ya lo dijimos, la desaparición del ensayo de Alejandra, representa el fin de esa especie de compromiso ambiguo no confesado, con la discursiva generada por la escuela Leonportillista y su antropologismo metafísico. En ese sentido, nos parece que representa un inmenso progreso, que en una historia que se quiere “científica” (con toda la ambigüedad de ese término) y publicada en uno de los centros universitarios más prestigiosos del país, hayan desaparecido casi todas -digo casi porque puede habérseme escapado alguna- las referencias a presagios y profecías, base de ese discurso histórico psicológico y perfectamente anacrónico desde el punto de vista del desarrollo de la historiografía actual.
Anacrónico en el sentido historiográfico,  es decir, que su sistema de argumentación, o si se quiere, su nivel de historicidad,  ya no tiene nada que ver con las exigencias de la practica historiana actual. Dejando claro que por desgracia, y aunque sea total y desesperadamente anacrónico, ese discurso, a pesar de todo, sigue siendo fundamental para el saber mundial y regresa periódicamente, aunque disfrazado con el oropel de la última moda intelectual  producida por sus metástasis norteamericanas o europeas, incluyendo en el futuro probables versiones asiáticas. Por otra parte, considero que la revisión historiográfica de la Conquista  se ha vuelto urgente porque ya se están produciendo nuevas generaciones de trabajos que aspiran a disfrazar los aspectos más evidentes de las inconsistencias historiográficas de esa escuela, pero también, y probablemente, antes que todo, porque en el saber impartido nacional mexicano  la Vulgata Leonportillista sigue organizando las representaciones del pasado lejano de ese país, así como las construidas sobre la indigenidad mexicana actual.   
Pero olvidémonos un instante de lo que algunos de ustedes saben que son mis obsesiones historiográficas, y regresamos al ensayo de Bernardo García Martínez.
 Es evidente que dar cuenta de la empresa cortesiana, explicar el funcionamiento de las huestes españolas de la época, su sistema de auto legitimación, así como explicar el mundo indígena donde se ejercerá dicha acción, en menos de 3 páginas, obliga a peligrosísimos ejercicios de síntesis. ¿Cómo sintetizar sin caricaturizar, cómo resumir sin falsear la complejidad de las condiciones históricas en las cuales se desarrolló esa empresa invasora?
Así que no podemos reprochar a esas páginas algo que desde nuestro punto de vista sería lo que se olvidó, lo que nos hubiera gustado leer allí a través de la muy especial visión de nuestro ojo crítico. Uno de los problemas estilísticos importantes de la comunicación, cuando se intenta sintetizar, es que la legibilidad del texto producido tiene que ser máxima, y aquí se debe reconocer que el estilo del autor no es nada fluido, sino más bien fracturado como si entre cada frase se hubieran borrado, para resumir aún más, otras frases o segmentos de frases que complementaban lo dicho anteriormente. Así, esas escuetas  páginas se presentan más bien como una serie de enunciaciones que llaman a conocimientos previos del lector, y reenvían explícitamente a otras partes del mismo capítulo. Pero esta impresión de un relato caótico finalmente nos parece menos el producto de la complejidad de dar cuenta de lo ocurrido, que de esa imposibilidad contemporánea de decir lo que  ocurrió. De cierta manera podríamos decir que el hecho Conquista ha perdido hoy toda esa transparencia que tenía en historiografías anteriores, o si se quiere, la Conquista se ha vuelto estrictamente inenarrable, si no queremos recaer en las rancias explicaciones decimonónicas o las ilusiones Leonportillistas.  
El escaso número de investigadores que en la actualidad estudian ese periodo es otro  síntoma de esa indecibilidad. Y sigue siendo cierto, como lo afirma Federico Navarrete Linares al inicio de su libro “la Conquista de México”, editado por el Conaculta:
“Todos los mexicanos sabemos que nuestro país fue conquistado. La conquista española iniciada en 1519  marcó un cambio tan radical en nuestra historia, que la dividimos en dos grandes periodos  alrededor de ese acontecimiento: el prehispánico y el colonial”.[21]
Y continúa enumerando todo lo que con ella se introdujo en el Anahuac, pero también añade:
“Sin embargo, también vemos a la Conquista  como motivo de vergüenza: la consideramos una derrota, un episodio lamentable de nuestra historia, el principio de nuestra opresión y nuestros sufrimientos. Los mexicanos modernos nos sentimos descendientes de los derrotados, los indios y no de los vencedores, los españoles. Para nosotros la Conquista  es un espejo oscuro en el que no nos gusta contemplarnos.”
Creo que Federico Navarrete tiene razón, el embrujo de ese espejo negro de la Conquista  tiene que ser roto. No queremos decir aquí que “Repensar la conquista” hará desaparecer automáticamente ese sentimiento de derrota e impotencia que se percibe a veces en muchos ámbitos de la cultura mexicana, pero si consideramos la importancia de la historia en la conformación de las identidades nacionales desde hace 2 siglos, estamos convencidos, o por lo menos lo esperamos, que algo si  tendrá como efecto.





[1] Romano, Ruggiero, Les mecanismes de la conquête coloniale: les conquistadores, París, Flammarion, 1972, p.180.

[2] Y desde esa finalidad no hay ninguna diferencia significativa de fondo entre religiosos, funcionarios, conquistadores y otros tipos de autores que se pueda encontrar. Cierto, hay diferencia en los intereses, o en los estilos de Evangelizar  en el caso de las diferentes ordenes religiosas, pero todos al fin y al cabo, hasta el “santo y casi irreprochable” Las Casas, todos, con o sin reservas retóricas,  no pueden negar que escriben para  justificar por lo menos la acción  evangelizadora.  
[3] El empleo de la palabra  eurocentrismo nos parece notoriamente aquí insuficiente e incluso engañoso, porque da la impresión de que se trata  de un simple error de superficie en la construcción del discurso sobre América, y que los verdaderos “americanistas”, los que producen y viven de producir discursos “americanistas” con vigilancia  y armados de su sola buena voluntad, inteligencia y compromiso progresista o humanista, podrían evitar caer en ese despreciable “eurocentrismo”. Producirían así un americanismo puro, no contaminado por el eurocentrismo.  Es tan común ese juicio erróneo, que un eurocentrista típico, como Miguel León Portilla, puede afirmar tangentemente que, conociendo muy bien ese peligro, ya lo supero; sin explicar bien evidentemente en qué y donde reconoció el eurocentrismo en sus quehaceres historiográficos, ni menos aún como lo supero. Es evidente que esa formula mágica para vencer esas presiones discursivas seculares eurocentristas de tan prestigiado universitario, hubiera sido importante para la formación intelectual de sus centenas de miles de lectores, pero lástima, no nos dio la formula. Así creemos que la utilización de una simple retórica condenatoria de la palabra “eurocentrismo” sólo distrae la mirada crítica de la práctica historiográfica en acción, o más bien la nulifica, porque no se trata de ningún defecto de superficie o circunstancial, sino algo que tiene que ver con el principio mismo de la constitución del discurso americanista sobre el decir América. Por eso se puede, con refinados métodos de retórica cosmética, esconder los aspectos más evidentes y excesivos, lo más feo del eurocentrismo, como sería un racismo burdo, omnipresente. Pero no se logrará con esos métodos pensar el lugar del  núcleo duro del americanismo, que efectivamente es fundamentalmente “eurocentrado”, es decir, que siempre se puede considerar como algo perteneciente al modo en como el Logos occidental se encarga de decir y de producir Américas.
[4] Es evidente  que el éxito mediático mundial del zapatismo chiapaneco ha opacado sobre el escenario simbólico donde evolucionaban las múltiples figuras simbólicas que estaban desarrollando diferentes grupos indígenas mexicanos. Esa nueva instrumentalización del indio opacó un trabajo de reconstitución étnica  que estaba en obra desde largos años en muchas otras regiones de México como de las Américas e incluso es probable que esa mediatización haya sido para ese trabajo de años no una ayuda sino un freno por todos los excesos demagógicos que permitió. El empantanamiento actual de la cuestión social chiapaneca  se debe  tanto al autoritarismo y la sinrazón del sistema  mexicano como a los caminos  ambiguos que fueron abiertos por esa mediatización. Los sueños guajiros de los pequeños burgueses en mal de identidad han sido siempre pagados muy caro por sus pueblos respectivos y peor aún cuando se trata de intelectuales occidentales insatisfechos que exigen a los indios, desde lejanos cubículos, afirmar más indianidad, para autoconstruir sus esperanzas narcisistas en lejanos castillos de pureza.   
[5] El renacer o la posibilidad de proponer estudios sobre el racismo, aunque sea con muchas dificultades institucionales, en un país como México que se ufanaba de no ser racista, es probablemente otro signo de que el expediente  de la Conquista de México podrá ser en años próximos reabierto.
[6] El pensamiento de Edmundo O’Gorman por su inteligencia y su contundencia  hubiera podido ser la piedra angular de ese pensar historiográfico radical, pero por desgracia fue probablemente en parte obliterado por su nacionalismo y su elitismo. Sus polémicas con Miguel León Portilla y sus aliados extranjeros por espectaculares que fueran, como su famoso “Esperando a Bodot”, no desembocaron jamás sobre un auténtico enfrentamiento historiográfico, un enfrentamiento que por otra parte sus contrarios siempre evitaron con cuidado. Y el abandono por don Edmundo de su sillón de la Academia Mexicana del Historia, fue solo un gesto muy aristocrático al estilo del personaje, pero dejaba las  puertas totalmente abiertas a los adeptos del Leonportillismo. En la actualidad la memoria historiográfica del gremio afecta no acordarse de estos enfrentamientos, tal vez sea por eso que no existe ningún proyecto de edición de las obras completas de ese investigador que por otra parte es reconocido como un gran investigador, pero un “gran” que probablemente, aún muerto, sigue molestando. 

[7] Guillermo Zermeño, Entre la Antropología  y la Historia: Manuel Gamio y la modernidad antropológica mexicana (1916-1935) en Modernidades Coloniales , op.cit. pp 79-97.
[8] El propio Miguel León-Portilla se refiere a esas polémicas, pretendiendo que su Visión de los Vencidos supera un tipo de polémicas que le aparecen obsoletas.
[9] Ver al respecto, el trabajo del Dr. Marcelino Arias Sandi, en el volumen III de esta colección.
[10]  Porque  se trata realmente  de  una auténtica  producción. Cierto, el autor Leon-Portilla pretende evidenciar que los textos estaban allí, que simplemente los salva del olvido, y rescatándolos abre la vía para que fluya “la Antigua Palabra”, pero ningún historiador serio se traga el artífice ni la inocencia retórica del autor de esa “Visión de los Vencidos”.           
[11] Ver a este propósito las ambigüedades de la historia revolucionaria frente al indígena, como al campesino en general.

[12]La publicación de estas obras hagiográficas construidas alrededor de la figura de Fray Bernardino por la escuela Leonportillista siempre ha sido muy intensa, citaremos sin pretender ser exhaustivos algunas obras recientes, Ascensión Hernández de León Portilla (Ed), Bernardino de Sahagún,. Diez estudios acerca de su obra, FCE, Mex D.F., 1990; Miguel León Portilla, Bernardino de Sahagún, Pionero de la antropología, UNAM-Colegio Nacional, Mex D.F. 1999.; Miguel León Portilla, (Ed), Bernardino de Sahagún, Quinientos años de presencia” UNAM, Mex. D.F., 2002. En ese tipo de hagiografía se podría incluir gran parte del contenido de la gruesa obra, Jesús Paniagua P, Ma Isabel Viforcos M, (Eds) Fray Beranardino y su tiempo, Universidad de León , León España, 2000.

[13] Ya a su manera, Pierre Chaunu uno de los más reconocidos hispanistas franceses, había adoptado una  idea parecida al sentido del concepto de crisis: En su Conquête et exploitation des nouveaux mondes, PUF 1969,  nos explica que “Cortés toca, sin saberlo con certeza, en un punto débil de un gran imperio frágil y reciente. Aborda un mundo inquieto representado por la confederación azteca”. p.147, que “los presagios funestos que reportan unánimemente las fuentes indianas: han debilitado por adelantado la resistencia psicológica de ese mundo poderoso y frágil. Cuando las primeras informaciones llegan a Tenochtitlán estremecen. Su interpretación se revela igualmente aterrorizante. Cortés es asimilado a Quetzalcóatl (Acatl-Quetzalcóatl). Anuncia el regreso confusamente esperado del dios vengador tolteca. La asimilación paralizante es comprobable por los textos náhuatl.” p.147 y por lo tanto, ya todo está dado: “La confederación azteca, desmoralizada desde la cabeza, deja penetrar, sin reaccionar, hasta el corazón de la pluralidad federadora de la laguna volcánica, a Quetzalcóatl y su séquito” p. 149
[14] Historia General de México, COLMEX, México 1976, T.II, p. 25
[15] Subrayado nuestro
[16] Ver en Miguel León-Portilla, La Visión de los Vencidos, UNAM 1971, p.62, El relato del bautizo de Ixtlilxóchitl y su corte, y de la reacción de Yacotzin, su madre…
[17] Primera edición 2000, primera reimpresión diciembre 2000, segunda reimpresión noviembre 2001, tercera reimpresión agosto 2000, cuarta reimpresión diciembre 2002,  etc
[18]  Es cierto también  que a veces esa permanencia se explica sólo por el aspecto comercial de la publicación de una obra, en la medida en que los autores tienen poco control sobre las reediciones de sus obras y  que aún los cambios más ligeros son muy mal vistos por los directores financieros de las editoriales.  Se necesita honestidad, después de un serio ejercicio de autocrítica para el ego de un investigador, para prohibir o para hacer cesar la reedición de textos obsoletos, más aún si se trata, como en este caso, de un texto perteneciente a una Vulgata nacional, reconocida además en el mundo entero.  Así el caso de Alejandra  Moreno aceptando retirar su artículo, abre una reflexión historiográfica interesante porque en esa misma versión 2000 hay uno o dos capítulos -por lo menos- que escritos por santones de la historiografía nacional hubieran debido ser retirados o totalmente reformulados por ser obsoletos.     
[19] El capítulo inaugural de Bernardo García en la antigua versión de esa obra tenía por título “Consideraciones Corográficas.” No viene al caso analizar comparativamente los contenidos de estas dos versiones, solo reconocemos con ese autor que “el presente capítulo está inspirado  en el que daba inicio a la versión original de la Historia General de México  aparecida en 1966. Recoge mucho de lo que en él se dijo, pero incorpora cambios sustanciales  y ofrece perspectivas diferentes.” 
[20] La dificultad misma de nombrar lo que podría ser esa historia, que daría cuenta de la compleja dinámica histórica de las “poblaciones autóctonas del espacio llamado hoy  mexicano” nos da una idea  del reto que su escritura comporta.
[21] [21] Federico Navarrete Linares, La conquista de México, CONACULTA,  México, D.F.,  2000, p.2

jueves, 8 de agosto de 2013

SOBRE UN SUPUESTO MOTÍN...

Indias e indios amotinados. Xicochimalco 1764 

(Texto publicado en el tomo III del libro "Mujeres en Veracruz. Fragmentos de una historia")

Dr. Guy Rozat Dupeyron
INAH, Xalapa, Veracruz
06/11/2012


Templo de la Magdalena, patrona del pueblo de Xico

Si bien en los archivos, y particularmente en los de los “jueces eclesiásticos” atados a cada parroquia importante, podemos ver a mujeres luchando por sus derechos personales o por la defensa de su honor, pocas veces aparecen como sujetos colectivos, como “las mujeres” de tal o tal comunidad.[1] Un sujeto colectivo que nos permitiría conocer el grado y las modalidades de la participación global de las mujeres en las luchas de sus comunidades. Aunque sabemos que en los motines urbanos, y particularmente en los motines generados por el hambre o el pan caro, fueron generalmente las mujeres las que estuvieron en el primer rango e incluso las más violentas[2]. Es claro que esa irrupción de la violencia femenina en estos casos parece, a los ojos de los testigos, “natural” porque las dificultades cotidianas para el abasto y alimento para sus familias pertenecen en propio a la esfera doméstica, un espacio que les es reconocido. En estos casos de tumultos, como en los generados por rumores en contra de sus familias, como la desaparición de infantes, se sienten golpeadas en el centro de su identidad, y sus maridos y compañeros que no las hubieran dejado participar en manifestaciones de carácter más “político”, las dejan actuar y las sostienen. Podemos pensar que fue la vida urbana y la división social del trabajo la que cristalizó en gran parte esa separación de roles entre hombres y mujeres en la Nueva España.
Por otro lado, en cuanto a una comunidad campesina, que es nuestro objeto de atención para este ensayo,  es evidente que si en la mayoría de estas comunidades agrarias de la Nueva España, mujeres y hombres pertenecían a estatutos genéricos diferenciados, esta situación no debe considerarse como el escenario de una cruenta guerra secular entre los sexos. Sin caer en el angelismo de pensar que pudo existir una cierta igualdad de género antes de la Conquista en ese mal conocido mundo de la vida cotidiana americana. Es probable que la diferencia marcada de estatuto social que se ha observado en los siglos XIX y XX,  e incluso hasta la actualidad en las comunidades indígenas, sea parte de la imposición de los valores culturales occidentales desde la conquista hispana.
La mujer, para la cultura religiosa monástica cristiana de los siglos XIV, XV y XVI, representaba a la mejor ayudante del demonio para sus empresas de perdición del pueblo cristiano. Ser inferior, salida de la costilla de Adán, criatura divina a pesar de todo, se olvidó del doble respeto que debía a Dios y a su “superior natural”, Adán, incitándolo a cometer el pecado original. Según el mito occidental cristiano, esa doble falta no podía ser redimida, y la mujer, siempre bajo sospecha, criminal empedernida, tendría que ser eternamente condenada tanto en espíritu como en su cuerpo. Recordemos por ejemplo, que para acceder al estatuto de Santa canonizada, muchas de esas mujeres propuestas a la piedad de los fieles durante siglos, fueron ejemplares, pero muchas veces por las terribles mortificaciones impuestas a sus cuerpos, único camino que podía llevarlas a pretender la regeneración y la santidad[3]. No es fácil entender en qué medida estas concepciones cristianas occidentales de negación y desvalorización de la mujer, y su  consecuencia más evidente: la culpabilización del placer sexual, penetró en los grupos indígenas en esa primera evangelización, o si no sería más bien durante lo que los especialistas llaman hoy, a veces, “la tercera evangelización”, que empezó en la segunda mitad del XVIII, que permitió que las antiguas relaciones genéricas fueran definitivamente perturbadas o aniquiladas[4]. Sin olvidar que fue a través de la alfabetización indígena, que sea en la lejana época de las primeras escuelas rurales parroquiales del siglo XVIII,  pero sobre todo en la alfabetización sistemática de los siglos XIX y XX, cuando se impusieron los modelos de dominación genéricos contemporáneos.
Si creímos que era necesario recordar algunos de estos antecedentes genéricos, fue porque para entender los documentos coloniales no solamente debemos pensarlos históricamente y entender la lógica del horizonte cultural–histórico de dónde provienen. Sino también reflexionar sobre el carácter histórico de nuestras propias categorías de análisis. Así, debemos considerar que si bien las mujeres de Xicochimalco[5] a mediados del siglo XVIII difieren mucho de sus antiguas genitoras, también difieren de esas descripciones de mujeres “indias” que nos ofrece la antropología mexicana clásica, enteramente dominadas y sometidas al poder absoluto de los varones. De igual manera, el carácter dominador y violento de sus compañeros indios, es probablemente la consecuencia de esta imposición de los valores  de identidad de género introducidos por la presencia occidental. No debemos olvidar que la historia de las comunidades campesinas novohispanas, “las Republicas de Indios”, es una historia compleja y contrastada. Si bien algunos autores pretenden hoy que lo esencial de las antiguas culturas americanas logró sobrevivir hasta la actualidad en las comunidades indígenas de México, como historiadores, no podemos admitir esa negación misma de la historia de esas comunidades y particularmente sobre las diferencias genéricas, presentes hoy, en dichos pueblos.
Para entender las luchas y los esfuerzos que esas comunidades emprendieron durante 3 siglos para sobrevivir como colectivo, tenemos que reintroducirnos en su  historia, desde el gran derrumbe demográfico consecutivo a las terribles epidemias de los siglos XVI y XVII, pero también considerar la revitalización profunda que animó a dichas comunidades a finales ya del XVII y particularmente en el siglo XVIII, y que a pesar del regreso de algunas pandemias brutales, logró sostener un poderoso movimiento de expansión demográfico. También para entender los documentos que existen sobre la larga historia de un pueblo como Xico desde la Conquista, debemos cuidarnos de sus estrategias retóricas, de cómo, de manera muy astuta, utilizaban los clásicos argumentos que la polémica religiosa y judicial ponía a su disposición para defender lo que consideraban como sus derechos.
En estos documentos, testimonios de  su proceso de reconstitución como entidad colectiva, se puede ver cómo, proyectándose en el futuro, tienden también a reinventarse un pasado, ya que fundan sobre él los derechos y beneficios que pretenden obtener. Si bien los derechos de los españoles, que se ostentaban como “legítimos”  propietarios de las grandes haciendas y habían monopolizado la tierra en la región, pueden ser considerados hoy, como resultados de un proceso de usurpación, generalmente, los textos “indígenas” coloniales no cuestionan esa fundación  sino que intentan reintroducirse en esa historia colonial que no han escogido pero que ahora es suya.  
Un pueblo en la historia
En los archivos mexicanos y extranjeros existen copias de esos pleitos que promovieron “los indios e indias de Xicochimalco” contra los terratenientes vecinos. Por ejemplo, desde 1687 éstos reclamaban a la administración virreinal la restitución de “sus” tierras y el restablecimiento de un pueblo que se llamó San Marcos, ya que pretendían que ese antiguo pueblo había estado sujeto a Xico[6]. En 1710, aprovechando el pedido de subsidio hecho en la Nueva España por el virrey para subsanar los gastos europeos de la Guerra de Sucesión[7],  la república de indios de Xico arma un nuevo expediente para intentar hacer valer, otra vez, lo que consideraba como sus derechos, ya que querían aprovechar la coyuntura sabiendo que contra ese subsidio hecho en oro a la corona, podrían obtener los títulos de propiedad que les faltaban para acreditar la posesión plena de los terrenos de San Marcos. Entregan 30 pesos de oro en 1710 (y otros 20 en 1716). Argumentando una posesión inmemorial, piden que los funcionarios virreinales fueran a inspeccionar dichos terrenos “para dejarlos en posesión provisional de las tierras solicitadas”[8]. Pero ciertos testigos convocados ponen en entredicho esa solicitud ya que reconocen que esas tierras de San Marcos pertenecían al Mayorazgo de la Higuera, la principal entidad territorial vecina. Los testigos de la República, al contrario, afirman que por lo menos desde hacía 20 años “los de Xico” habían cultivado “todas las tierras a su circunferencia”, y que si habían tenido algún litigio, era porque los ganados del Mayorazgo siempre invadieron sus sembradíos hasta que lograron posesionarse del lugar. A pesar de que estas averiguaciones parecen favorecer las demandas de “los de Xico”, en 1713 el apoderado del dueño del Mayorazgo interpone una apelación en la Real Audiencia de México, argumentando que los xiqueños y campesinos de otros pueblos, efectivamente habían cultivado ciertas parcelas de San Marcos, pero en tanto que eran subarrendadores del Mayorazgo y por lo tanto, pagando renta, reconocían al Mayorazgo como propietario. Un despacho virreinal ordenó la restitución de las tierras al Mayorazgo y ordenó también “a los labradores y trabajadores de San Marcos para que siguieran trabajando y pagando rentas al Mayorazgo y no tributaran a Xico”[9].  
Con el aumento paulatino de la población, y del consumo de carne en la región y particularmente en Xalapa, los potreros de San Marcos se vuelven muy codiciados, ya que la comarca, muy accidentada, disponía de muy pocos buenos pastos para acoger y engordar el ganado[10]. Al mismo tiempo, el propio Mayorazgo y las grandes propiedades de la región, que se habían dedicado al cultivo de la caña, estaban en plena decadencia[11], como los ingenios del Chico, el Grande, Pacho, etc.[12] Algunas de estas grandes propiedades se habían reconvertido a la engorda de cerdos o de ganado mayor, al cultivo de un poco de tabaco y a sembrar el tradicional maíz. Probablemente es frente a esa decadencia que la República de Indios de Xico intentara de nuevo reiniciar el litigio en 1752 pero que pierden otra vez en 1753.
Si hemos creído necesario recordar todos esos litigios que sostuvo la comunidad de Xico, fue para esbozar algo del paisaje de las disputas agrarias en el momento en el cual se sitúa el famoso “tumulto” de indias e indios de Xico que trataremos en este capítulo, y para mostrar la pugnacidad de ese pequeño grupo en la persecución de lo que consideró como sus derechos.
En 1746 Villaseñor y Sánchez consideró que ese “vecindario se compone de 343 familias de indios, 7 de españoles y 44 de mestizos y mulatos, no produce la tierra más fruto que maíz, y éste convierten en bizcocho, y de él se provén todos los arrieros, que es el principal bastimento en sus viajes”[13].         
Es evidente que para 1764, año de nuestro tumulto, el vecindario había crecido un poco, pero seguía mostrando una gran unidad, forjada por décadas de luchas contra las grandes entidades territoriales vecinas. Pero también esa pugnacidad les dio la fama de indios reacios o incluso “revoltosos”.

La República de Indias e Indios de Xicochimalco y su vicario
Para entender mejor lo que pudo ocurrir en Xico en esos días de 1764, faltaría ahora decir algo acerca de la relación entre esa comunidad, unida, y el personal religioso encargado de su formación y control de su vida cristiana y sus buenas costumbres.
Xico dependía del curato de Coatepec y por lo tanto, el vicario que los administraba espiritualmente era mandado por el cura de ese pueblo. No es aquí el lugar para extendernos sobre las relaciones entre la administración religiosa colonial y los feligreses, sino sólo podemos recordar que en virtud del patronato real acordado por el papado a los reyes católicos, la Iglesia se encargaba no solamente de la administración religiosa sino también tenía un poder de justicia sobre la vida política en los pueblos.  Fue al interior de este complejo cuadro que los curas y sus ayudantes, los vicarios, se inmiscuían no solamente en el control de las almas, sino en el control terrenal de los recursos. No sólo estaban interesados en los diezmos y los estipendios que pagaban los feligreses para los grandes momentos de su vida cristiana: bautizos, matrimonios, etc., sino que intentaban también controlar toda la vida económica comprando o rentando tierras, sembrando, criando ganados, etc. Y generalmente lograban su éxito económico a base de presiones y artimañas, valiéndose de su poder de policía y justicia sobre sus feligreses. Existen innumerables pleitos en los archivos que dan cuenta de los conflictos entre las Repúblicas de Indios y los abusos de sus curas y vicarios[14].
Un último elemento para pensar la situación en 1764 sería la visión del indio que desarrollaron ciertos sacerdotes de acuerdo con un sentimiento bastante compartido en toda la sociedad colonial novohispana, europeos y criollos confundidos. Éstos eran considerados como menores, con una capacidad de entendimiento racional muy reducida, lo que parece autorizar a algunos de estos sacerdotes a utilizar el garrote para hacerles entrar la doctrina, ya que “la letra con sangre entra”. En resumen, entre parroquianos y sus curas existía generalmente una gran distancia, sino es que un franco antagonismo, a pesar de los tímidos intentos de la jerarquía que pretendía más ilustración para su personal y que se dejaran de utilizar estos métodos violentos, sin realmente lograrlo, como lo veremos en el caso que nos ocupa.

El tumulto de Xico, pascuas de 1764
En un expediente, en muy mal estado por cierto, medio comido por los hongos, del archivo parroquial de Xalapa, se encuentra un conjunto de documentos que tratan de un “tumulto” en el cual “indios e indias” de Xico son acusados por el teniente del cura de Coatepec, responsable de su gobierno espiritual, de haberlo amenazado y de intentar prohibirle dar misa[15].
Ya dijimos que los “indios” de Xico tenían pública fama de indóciles y repelones en los siglos XVII y XVIII, y recordamos cómo la historiografía sobre la región se ha hecho el eco de las luchas de los habitantes de ese pueblo por la “reconquista” de las tierras de sus antepasados.  Pero en dicha historiografía no se menciona jamás la presencia de las mujeres en estas luchas de siglos, lo que vuelve interesante el expediente que analizaremos aquí ya que se menciona claramente esa presencia, al lado de sus compañeros, de las mujeres, consagrada por el hecho de que la represión llevó a varias de ellas a la cárcel de Xalapa a donde acompañaron a sus maridos y a sus “compañeros de lucha”.

Intento de reconstrucción de los hechos
La complejidad de las estructuras de poder religioso, judicial y político en la Colonia nos permite obtener un amplio conjunto de documentos sobre un mismo evento, ya que las diversas instancias de esos poderes tenían que respetar una serie de jerarquías administrativas  y por lo tanto, se debían elaborar un gran número de textos en los cuales cada instancia debía declarar su punto de vista sobre un problema.
El primer documento revisado aquí está fechado el día miércoles 11 de abril de 1764, y está firmado por el cura beneficiario de Coatepec, y destinado al Alcalde Mayor de Xalapa, Don Antonio Primo de Ribera, autoridad máxima en la región de la cual depende tanto Coatepec como Xico, Xalapa y varios pueblos. Ese representante del virrey es el encargado de la buena marcha política y de la paz pública en esta región.

La acusación
En este documento, Diego Xavier de Obregón, cura de Coatepec, informa al dicho Alcalde Mayor de un auténtico “tumulto” que supuestamente habría ocurrido el domingo precedente, 8 de abril cuando: “los Indios del Pueblo de Xicochimalco y sus indias se atumultuaron contra mi teniente el Licenciado Don. Félix Xavier Pérez”. Según ese eclesiástico, los revoltosos cerraron “la Iglesia para que no dijera misa”, y esto, bajo el pretexto, aparentemente insignificante según el autor,  de que dicho vicario había “dado a los Indios unos palos con la vara del fiscal para que entraran a la Iglesia a rezar como se los tenia mandado”.
Dicho vicario, tan ansioso de dar su misa, también había reprendido a las mujeres que se encontraban en el atrio “interpoladas con los hombres como se les tenía prevenido”, por eso ellas también, y esto lo sabremos después, recibieron sus dosis de palo. Es interesante notar que en esta primera versión del “tumulto”, las mujeres no aparezcan golpeadas sino solamente reacias a escuchar las órdenes del vicario que les prohibía mezclarse, bajo pena de castigo, con sus compañeros, hasta en el atrio de la iglesia.
El cura de Coatepec, para disculparse por tener un vicario dado al método coercitivo, pretende informar a la autoridad que finalmente si éste tuvo que utilizar la fuerza, no fue casi nada, solo unos cuantos palazos: “de cuyo castigo no se siguió efusión de sangre ni lastima de alguno”, pero insiste sí, en la existencia de un auténtico “tumulto”, una casi revuelta, que por suerte no paso a mayores ya que fue contenido por “la gente de razón”. Pero si el “tumulto” fue contenido, los infelices indios añadieron a su desobediencia y falta de respeto al representante de la iglesia, una ofensa mayor, parece pensar el sacerdote, ya que  “no quisieron asistir a la misa”.  Si bien el vicario finalmente dio su misa, fue sólo para 8 personas, únicamente con la asistencia de ésa “gente de razón” que había controlado, según su testimonio, el “tumulto”. Pero aquí, en esta denuncia tramposa, podemos ver a la comunidad en cuerpo, hombres y mujeres, desertando a la iglesia, señal de que dicho vicario había dado algo más que una corrección paternal a feligreses irrespetuosos de su persona y de sus deberes.
El testimonio del cura de Coatepec sobre lo ocurrido oscila entre el reporte de un incidente, aparentemente menor, minimizando la actuación de su vicario, y la acusación muy seria de que lo ocurrido constituyó un auténtico “tumulto”, casi una rebelión general, ya que afirma que después de que “la gente de razón” lo apaciguó, dichos revoltosos prometieron que “el venidero se verían las caras ya habría sangre de por medio”. Para fortalecer su acusación, recuerda además que en el pasado, en anteriores conflictos con sus vicarios, ya dicha gente de razón había también logrado contener estos brotes de rebeldía. Por lo tanto, ese eclesiástico se cree con el derecho de poder exigir que “los cabecillas Cruz Lázaro, Pedro Maldonado, Franco Gerónimo, Fistol Pedro” comparezcan frente a la justicia del Alcalde Mayor  ya que “va de muchas veces que se atumultúan contra las justicias seculares y eclesiásticas”. También exigió que comparecieran “Lázaro Luiz, Simón Luis, Joseph Xacomal, con los más que se vieren hallado presentes”.  En esta lista no aparecen nombres de mujeres aunque sabemos que a la par con estos cabecillas, estaban también varias mujeres en la cárcel, sin olvidar a una pobre golpeada, muy seriamente dañada por los golpes del vicario, que no solamente tuvo amenaza de aborto sino que estuvo también en peligro de muerte. Existe muy claramente el deseo claro del cura de Coatepec de silenciar el caso de esta mujer golpeada ya que no puede ignorar su suerte, porque la mujer fue confesada y oleada en los días siguientes por su vicario.
Concluye el sacerdote su denuncia, expresando su convicción de que el Alcalde Mayor debería tomar inmediatamente partido con firmeza en el asunto, aceptando sin ninguna duda su testimonio, y por lo tanto exige “que sean los cabecillas, así hombres como mujeres, los mande asegurar con un par de grillos en esa cárcel de Xalapa”.
Como el Alcalde Mayor está enfermo y ausente, se comisiona al teniente de justicia de Xalapa, Don Pedro Garrindo Palomino, para que se dirija a averiguar eventos tan dramáticos como “sublevación y conspiración de los indios e indias del pueblo de Xicochimalco, para averigüe y pase a dicho Xicochimalco y plena información de los testigos que el sr. exhortante refiere de los mas que puedan instruir con toda verosimilitud el hecho y origen”.  
Frente a esa primera fase de la averiguación, el cura de Coatepec procura una nueva versión más amplia de lo ocurrido. Insiste en la justificación de su vicario y en cierto modo intenta disculpar sus métodos violentos. Parece decir que frente a indios e indias reacias y poco instruidas en la doctrina cristiana, les habían ordenado que “para su instrucción concurrieran unos y otros a la doctrina los domingos antes de la misa”, juntándose con los muchachos y muchachas que recibían la instrucción religiosa en ese momento.
Pero asegura el sacerdote, que estos, indios e indias, no hicieron caso al vicario teniendo poco aprecio de estos mandamientos, los hombres quedándose tercamente en el atrio platicando.  Es por eso que el vicario ordenó, según su superior, que entraran a la iglesia a rezar  “por voz de un fiscal”. Pero como “no hacían caso salió y quitándole a el fiscal la vara, a el indio que primero se hallo (que aserto a ser forastero) le dio con ella un palo”. Pero esta vez, en ese nuevo relato más completo de lo ocurrido, el cura de Coatepec tiene que confesar, por primera vez, que “entrando a la Iglesia con la misma vara fue empujando a las mujeres para que subieran a el paraje que les tenia destinado para que no se quedaran interpoladas con los hombres”. Esto provocó, según él, que  “levantaran gritos y se atumultuaron unos y otras cerrando la puerta de la iglesia para que no diera misa la que por fin se dijo después que la gente de razón liberto al Padre de las indias que le tenían arrinconado en la capilla de la virgen de Guadalupe y contenido el tumulto, mas no por eso quisieron asistir a la misa y fueron unos ocho por todos, se fueron a las casas reales en donde hasta las 3 de la tarde se quedaron.... hasta que descubiertos los cabecillas los argeñara  en la cárcel de Xalapa....”
Aprovecha el cura para reiterar en su acusación, que este pueblo era de “levantiscos porque en otras tres ocasiones se han conspirado contra otros ministros”. Y si eran tan altaneros con sus superiores, pretende el autor, era por “el motivo de tener inmediata una Montaña casi inaccesible junto  y luego que se quieren corregir se retiran a ella en donde viven y mueren como brutos, porque según se me ha dicho, Indios hay en ella sin bautizar...”.
Así,  Don Diego Xavier pretende que los xiqueños no eran sólo gente reacia, sino que ponían en peligro la paz de toda la región ya que existía al norte de dicho pueblo, en dirección del Cofre de Perote, una región mal controlada y poco poblada donde, según las circunstancias, los pueblos alzados podrían refugiarse y despreciar el poder del rey y de Dios. Por lo tanto, pide una férrea empresa de limpieza definitiva de esos espacios que pertenecían aún al demonio y que fuera “el alcalde mayor con una escolta de soldados para dicha montaña a destruir la habitación y reducirlos a que vivan cristianamente”. Esa acción radical quitaría lo altanero a estas indias e indios ya que no tendrían lugar de refugio para escapar de su merecido castigo.
Durante este tiempo ya estaban presos en Xalapa varias xiqueñas y xiqueños. El 5 de junio, dos meses después, empiezan sus interrogatorios. Recordemos que en aquella época los prisioneros no eran generalmente alimentados por el encargado de la cárcel, sino que eran las comunidades y las familias de los presos quienes tenían que encargarse de su alimentación y otras necesidades. Es decir, que para el conjunto de la comunidad de Xico, ese proceso fue muy oneroso ya que también hubo muchos gastos de papeleo, debido a que cada hoja debía pagar un impuesto, además del sueldo del escribano, del abogado, sin olvidar probablemente diversos regalitos y propinas que habría que saber dispensar a las personas adecuadas para que recibieran sus documentos y aceleraran el proceso.
Comparecieron ese día “Don Sebastián Gobernador pasado de el Pueblo de Santa Ma. Magdalena de Xicochimalco, Lorenzo Poncio, Juan Domingo, Pedro Maldonado, Pedro Fistol, Francisco Gerónimo, Lázaro de la Cruz y Miguel Chimal, todos naturales tributarios y originarios de dicho pueblo, presos en esta cárcel publica por mandato del Señor licenciado Don Diego Xavier de Obregón, cura, sobre el atentado cometido en dicho pueblo el 8 de abril pasado de este año”.
El 6 de junio compareció “Sebastián Fabián, Gobernador pasado del pueblo de Xico”, de donde es natural y vecino. Su versión de los hechos empieza a proponer otros derroteros sobre la naturaleza del conflicto con el vicario.  Es una primera relación sintética de lo ocurrido y la razón inmediata del conflicto: “dice que el domingo pasado yendo el vicario a entrar en la iglesia de Xico estaba el que declara con el gobernador actual y demás oficiales de república de dicho pueblo, hablando sobre su cabildo que había echo para elegir Maestro de escuela en el atrio de dicha su iglesia, por cuanto el que tienen esta puesto por el Sr. Alcalde mayor de este pueblo, y dicho Lic. Don Félix Xavier quiere poner otro que ellos no gustaban fuese tal maestro y que permaneciese el que tienen”.
Como lo sabremos por  futuros interrogatorios, ese domingo funesto, las autoridades del pueblo actuales y pasadas, así como otras personas, hombres y mujeres, estaban comentando en el atrio la decisión que el cabildo indígena de Xico acababa de tomar el día anterior sobre la cuestión del maestro para la escuela del pueblo. Estaban probablemente temerosos de la posible reacción del vicario, y tenían razón, porque éste no lograba digerir, para nada, esa decisión, ya que quería imponer a toda costa como maestro a un familiar suyo. Y fue por eso que al ver a las autoridades y la comunidad discutiendo en el atrio, arrancó el dicho palo a uno de los fiscales, cuenta el testigo, y “empezó a dar de palos a los que encontraba, entrándose en la iglesia haciendo el mismo castigo  dentro de ella a las indias quienes alzando la voz se decían unas a las otras, por qué el padre nos da de palos estando nosotras rezando, y el santísimo manifiesto”[16]
Interrogado don Sebastián sobre la razón del  por qué se “atumultuaron” e hicieron arrinconar al vicario en la capilla de nuestra señora de Guadalupe, hasta que llegó el vecindario de razón a defenderlo, respondió “que por el motivo de los palos, sin saber porque motivo se pusieron a su lado todo el vecindario de razón...”. Tampoco sabe quién cerró la puerta de la iglesia.
El funcionario en su “inquisición” toma muy en serio lo que pretende el cura de Coatepec sobre las amenazas de futuros levantamientos sangrientos, y pregunta al testigo por qué se fueron todos a las Casas Reales y “se mantuvieron ahí formando cabildos”, un encerrón que puede parecer amenaza de futuros motines. El testigo responde que no puede decir nada sobre esas amenazas, ya que él no fue a ese lugar. Lo que sí sabe es que el Gobernador actual y sus oficiales se fueron a esas Casas Reales  ya que “son inmediatas a dicha iglesia”, pero con la finalidad  de escribir “como lo hicieron al Sr. cura de Coatepeque, y a los sr. Alcalde Mayor de este pueblo (Xalapa) de lo que había sucedido”. En cuanto a la preparación de futuros levantamientos, respondió que “no ha oído decir nada, ni a indios ni a indias”. Como tampoco “no sabe ni ha oído decir” sobre estos supuestos antiguos tumultos “contra su ministro eclesiástico y Teniente del partido” que menciona el cura de Coatepec.
 Además, añade, que esa “novedad” ha dejado a todos muy atemorizados, ya que se dieron cuenta de la probabilidad de algún castigo por haber dejado de oír misa. Termina su declaración diciendo que ignoran realmente el delito que hayan cometido “los demás hijos e hijas de su pueblo”,  pero que se rinden de antemano y “humildemente pide perdón así por si, como por todo el Pueblo, así ha dicho al sr. cura como al sr. vicario, implorando la benignidad del juez”.
Es en el interrogatorio de Lorenzo Poncio que aparece por fin la infeliz golpeada ya que era su ahijada, que estuvo próxima a malparir y llegó al extremo de que tuvo que recibir los santos oleos. 
Otro natural de Xico, Juan Domingo, “casado, de 30 años, indio tributario” es un poco más explícito y está consciente de que está “preso porque habían echo Cabildo sin licencia y permiso”. Explica que no se trataba de “irrespecto” hacia el padre vicario sino por causa de la elección del maestro de escuela, pero que fue el dicho vicario el que se puso furioso de esa elección, por lo que los echó diciendo “que él se vería con ellos por haberle faltado a su respecto”. En cuanto al alboroto y las amenazas, él no sabe nada ya que no estaba en el atrio sino que ya se había metido a la iglesia para orar  y sólo puede decir que “vio entrar al vicario con el palo del fiscal dando de palos y que allí se paró y corrigió al Gobernador porque no entraban a rezar y de allí se fue el vicario para el altar  dando de palos a todas las indias...”
La confesión del alcalde en turno del pueblo, Pedro de la Cruz Maldonado, casado, 46 años,  explica mejor lo que pudo haber ocurrido: dice que el cabildo fue llamado por el vicario porque había recibido una carta del cura de Coatepec en la cual “se quejaba de ellos por un cabildo” ya realizado. Éste, considerando el cabildo como la autoridad local de Xico, justifica esa reunión, no como un desprecio hacia el vicario, sino que se habían reunido “por mandado del Teniente de la Real Justicia según orden que había dado el Sr. Alcalde Mayor para que lo hiciesen a fin de elegir Maestro de escuela, por haberles propuesto uno el Alcalde Mayor y otro el sr. Vicario”. En ese cabildo, confirman que decidieron que era más conveniente “admitir el que el Sr. Alcalde Mayor les había mandado”. Tanto más que el postulado por el vicario no tenía aparentemente experiencia.
Es por ese motivo que “fueron llamados el día domingo a las 9 o 10 del día que no se había celebrado la Misa, a la Casa del vicario”. Éste les increpó y les reprochó por haberse reunido en cabildo, sin él, y de haber tomado esa decisión, lo que él consideraba como una falta de respeto. Arrojó enojado la carta del cura de Coatepec y dijo “que se vería con nosotros, saliéndose todos de las Casas de Curato se retiraron al Patio de ella donde se estuvieron un rato”. Es evidente que ahí estuvieron comentando lo que estaba ocurriendo con otros miembros de la comunidad y antiguas autoridades.
El vicario, él, estaba fuera de sí y desde el fin de la reunión en su casa, manifestó su ira “Y saliendo desde su casa dicho padre tomó a un Topil de la Iglesia el palo que traía para venir amagando a unos 6 o 7 hijos que estaban parados, hasta que los tiró con él”. Viendo este acceso de violencia, a la puerta de la iglesia, todos “les hicieron lugar para que el vicario cruzara para entrar dentro”. Pero la ira del vicario iba creciendo y “tomó al fiscal la vara, y dando de palos a un Alcalde pasado del pueblo, siguió dando a otro de Ixhuacán que estaba hincado dentro de la iglesia y parándose el padre allí dijo al gobernador que no cumplían con su obligación que sabría o haría castigarlos”.
No solamente golpeó sino que amenazó con terribles castigos futuros ya que, según ese testigo, dijo que los castigaría “tendiéndolos en el suelo y desollándolos con azotes, y después seguiría con todos los del pueblo”. Y metiendo sus acciones en acuerdo con sus palabras, de un lado a otro iba dando de palos a las indias “que estaban hincadas rezando la doctrina y al sumo sacramento”.
No era la primera vez que ese vicario ejercía violencia contra sus feligreses. El fiscal actual contó  “que este mismo Padre en las ocasiones que las indias e indios han ido a comulgar… les ha dado de gaznatones y golpes en la cabeza con el vaso de las formas teniendo en la mano”.
A su vez, Pedro Maldonado confirma que vio cuando el cura daba de palos, e incluso vio al vicario mirar a la cara al gobernador y decirle “que eran todos unos Perros y los había de matar a azotes” y que después, iracundo, “se fue para el altar dando de golpes a todas las indias, que arrolló a unas indias, que el Padre mataba a una de ellas que estaba preñada...”
Los interrogatorios de Francisco Gerónimo, gobernador pasado de dicho pueblo, confirman la versión de los xiqueños y sobre todo insiste, éste, en el miedo de todos a posibles represalias, de ahí el apresuramiento a escribir a las autoridades sobre lo ocurrido, añadiendo que de una vez en esas correspondencias solicitaban “que les mandaran otro padre para que les dijera misa”.
Los testimonios de Lázaro Cruz, de 30 años,  Miguel Ángel Chimal, de 20 y Manuel de la Cruz, de 35, no aportan nuevos elementos. Sino que reiteran, que no hubo conciliábulo ni ninguna confabulación del pueblo contra el vicario antes de la misa, sino un simple comentario colectivo de lo que estaba ocurriendo, y que fue la violencia desmedida del vicario lo que provocó el supuesto “tumulto”. El dicho Manuel de la Cruz terminando su “confesión” insistiendo sobre la violencia verbal del vicario y sus amenazas,  “y oyó que dijo al gobernador en voz alta que lo haría tender en el suelo y lo desollaría a azotes pues no sabia dar buena doctrina a sus hijos...”

Testimonio de las mujeres presas
El primer testimonio es el de Nicolasa María, casada con Francisco Gerónimo, de 71 años. Esa venerable anciana cuenta que ella “se encontraba rezando en la iglesia, después de haber oído la doctrina de su doctrinero”, como lo había ordenado el vicario y que se preparaba para oír la misa “cuando vio al padre entrar dando de palos”.
Otra anciana en la cárcel es María Jerónima, de 70 años de edad. Testimonia que cuando vio que el padre estaba “dando de palos también a las indias” procuró escapar de una posible paliza, arrastrándose, lo que tuvo como consecuencia que incluso perdiera su rebozo. Pero si llegó hasta el altar de las ánimas fue porque vio que él estaba dando de palos a una nuera suya, “la cual vio tan maltratada que cogiéndole de la mano la saco de la iglesia y la llevó a su casa”. La mujer se puso mal y “quiso mal parir”. María Jerónima le administró unos remedios caseros y se alivió un poco pero “al otro día Lunes estando muy a peligro de abortar fueron a llamar a dicho padre vicario quien la confesó dicho día”. Como esa mujer no se aliviaba, al día siguiente el vicario la oleó y el miércoles, empeorando su estado, “por estar casi muerta le dio el viático”. Por suerte, hasta en cierto punto, la mujer no se murió  pero siguió  aún “padeciendo hasta el día de hoy”.
El 16 de junio de 1764, se siguen retomando las “confesiones” de las indias frente al notario comisionado para recoger sus testimonios, están presentes también el defensor y el intérprete, “nombrado por el Alguacil mayor interino”. Estos testimonios de las mujeres fueron  recogidos con la misma solemnidad que los de los indios presos. Todas pronunciaron el clásico juramento de decir verdad. La primera en declarar ese día fue Juana María, de 60 años, esposa de Santiago, alcalde pasado del pueblo de Xico. A la clásica cuestión inquisitiva de si sabe por qué está presa, responde que no sabe pero “infiere que a pedimento del Padre Vicario de su pueblo”.
Las preguntas que se les hicieron muestran el interés principal de sus interrogadores: saber si el “tumulto” fue premeditado y si es indicio de futuros levantamientos en el pueblo. Retomando la versión del vicario, le preguntan si sabe “por qué el domingo 8 de abril de este año, yendo el Padre Vicario Don Félix Xavier Pérez a decir misa a su pueblo, encontrando a todos los indios parlando en el Atrio los reprehendió porque no rezaban la doctrina como les tenía preceptuado” y, segunda parte de la acusación del sacerdote contra sus feligreses, porqué habían “arrinconado al Padre vicario en la capilla de Guadalupe hasta que llegó el vecindario de razón a favorecerlo”. La respuesta de la mujer fue clara, ella estaba en la iglesia “rezando la doctrina, después del rosario”  como lo había ordenado el vicario. Fue cuando le llamó la atención el ruido y los gritos en el atrio y “vio entrar al Padre vicario por la puerta mayor  y vio que quitó al Fiscal la vara de la mano y empezó a dar de palos a los indios de una y otra parte”. Asustada, ya que el padre “llegó a donde estaba hincada la que declara con las demás indias” y como seguía dando de palos, “se pusieron todas en pie” y vio que el padre “se entró en el altar de Nuestra Señora de Guadalupe”. Pero la declarante dijo no haber visto más, ya que asustadísima se fue para su casa, y por lo tanto, no puede confirmar la actuación de la “gente de razón”, ni sabe si se dio misa, ni si se cerró o no la puerta para impedirlo. En resumen, “dijo que no oyó ni vio nada”. Sobre las reuniones en las Casas Reales “donde se mantuvieron formando Cabildos y haber proferido que en otra ocasión habría efusión de sangre respondió que no sabe otra cosa mas”. Sólo puede decir que en su casa alguien mencionó que habían “escrito lo acaecido al cura y al alcalde mayor”. Tampoco pudo responder a la pregunta de si había ya ocurrido que el pueblo se haya atumultuado “con los Ministros eclesiásticos y de la real justicia”.
Tampoco Dominga María, casada, de 40 años de edad, tiene idea de por qué está presa aunque supone, como todos, que será por las quejas de su vicario. También ella cuenta que ese domingo de Lázaro, estaba rezando la doctrina después del rosario, y que vio “entrar al Padre vicario por la puerta y que quitando al Fiscal la vara dio de palos a unos indios de Ixhuacan y entrándose hasta el medio de la iglesia donde estaban las indias vio dar de palos a unas indias y entre ellas a una nieta que estaba encinta”. Cuenta también el calvario de esa desdichada mujer, confesada, oleada y ungida ya que parecía que iba a morir.
Rememorando los hechos, se acuerda del “alboroto que causaron los palos” ya que todas  y todos se pusieron de pie y “alzaron la voz en común diciendo qué motivo tendrá el Padre para darles aquellos palos, no hallaban ser regular que antes de que dijera la misa los castigara de aquel modo”.
Si hacemos caso a esa reflexión podemos hacer la hipótesis de que ese vicario era muy aficionado a los palos. El testimonio de esa señora parece manifestar su asombro de que incluso antes de misa ese sacerdote utilizara semejantes métodos. Lo que quiere decir que sí los utilizaba de manera ordinaria. Evidentemente esa actuación en la propia iglesia colmó la paciencia de los feligreses y por eso muchos oyeron que se empezaba a discutir la posibilidad de buscar otro padre que les diera misa, lo que efectivamente fue una de las demandas contenidas en la carta al cura de Coatepec. Pero a todo lo demás responderá que no sabe nada.
María de la Encarnación, casada, de 54 años de edad, no se hace ilusión y sabe muy bien que “esta presa por unos palos que dio dentro de la iglesia el Padre Vicario”. Cuenta que ella estaba rezando el rosario y viendo que no llegaba el vicario para decir misa, se pusieron a rezar la doctrina. Y fue en ese momento que oyeron, ella y sus compañeras, “el ruido que causó el Padre con los indios”.
Declara llanamente que “vio al Padre con los indios y vio al padre con la vara del fiscal en la mano, que iba entrando”  y que también “vio que dio de palos a dos indias que están junto a la que declara, aunque a ella no le dio”. Asustadas y escandalizadas, todas se pusieron de pie “violentamente” y fue en este momento “que oyó que  dijeron espantadas, que no parecería bien que este Padre que les había dado de palos les dijera Misa y que se buscase otro que se las dijera”. Asustada por “tantísimo alboroto” no vio más y se fue para su casa, ella y muchas otras “de miedo de que el padre les volviera a castigar”, tanto más que ella cargaba “una criatura de año y meses que estaba dando de gritos”.

Intervención del defensor de los indios e indias
El 4 de julio, Don Lucas Barradas, vecino de Xalapa, abogado nombrado “para defensa de los Indios e indias naturales y tributarios del Pueblo de Xicochimalco de la Doctrina de Coatepeque, presos unos y otras en las cárceles públicas de esta Cabeza a pedimento del señor cura de Coatepeque y su teniente”, entrega su reporte a Don José Suárez, cura y juez eclesiástico de Xalapa. Ese defensor empieza por negar “el titulo de tumulto” a lo que ocurrió ese domingo 8 de abril en Xico. Se basa en los documentos que tiene en su posesión y particularmente en las “confesiones” de los “presos y embargados” que defiende, así como en las declaraciones y acusaciones hechos por los eclesiásticos de Coatepec y los testigos propuestos por éstos que niegan o “se olvidan” mencionar que el vicario hubiera dado de palos, faltando evidentemente a la “sagrada religión del juramento”.
Su argumentación se inscribe en una reflexión de sentido común: se le “hace increíble que habiendo estado todos presentes a favorecer a el padre como se asienta expresamente, todos callen el motivo y ocultan el haber dado de palos”. Incluso, más claro, el único testigo que confirma haber visto al padre con un palo en la mano, ya que estaba con él en la iglesia, pretende que no lo vio golpear a nadie sino “que solo observó al padre con el palo  que  amagaba a los indios”. El defensor sacó la conclusión lógica: “infiero yo que este amago fue el echo de los apaleos y por lo que mis partes indios e indias se levantaron”.
Señala también las ambigüedades de otro testigo de la parte acusatoria, que no nombra, que produjo un testimonio sesgado e incompleto porque si bien menciona que “el padre entró apartando a un lado y a otro a indios e indias”, no cuenta si dicha separación “la seguía haciendo con el palo en las manos”.
Silenciando la violencia de la actuación del vicario, sus “testigos”, hicieron parecer a los indios e indias como gente rebelde, concluye así que estos “maliciosamente ocultaban la verdad”, añadiendo que si esos testimonios estaban incompletos, fue porque sus interrogatorios no estuvieron realizados conforme a justicia.
Otro testigo de la “gente de razón”, Agustín Briones, propone incluso una imagen más sentimental del incidente y declara que “cuando entro en la iglesia halló al padre junto al altar de Guadalupe y una india abrazada con él llorando”, lo que nos permitió tener el comentario burlón del abogado: “Buen tumulto de infelices indias, que lloran con su Padre Vicario…”
La conclusión del defensor es categórica, “de no haber sido sublevación como cavilan, sino un sentimiento bien fundado de un atentado”, ya que no pueden acusar a las indias apaleadas de no querer rezar doctrina porque la estaban rezando, así como el rosario, sin “la autoridad de los Palos”. Tampoco el argumento de que la violencia nació porque “estaban mezclados indios e indias” era verosímil ya que todo el mundo sabe que “la separación es costumbre muy antiguada en sus iglesias”.
Los testigos de la parte acusadora tampoco “observaron desacato alguno” en cuanto al respecto del Padre, no solo con hechos ni siquiera “en palabras”. Lo que no les impide, hace notar el abogado, incriminar a los acusados de algo que ni remotamente les pasó por la cabeza.  Al abogado le extraña la unanimidad de los testimonios de los acusadores ya que   acusan “todos a una voz”, repitiendo las mismas palabras. Además de que pretenden que los acusados, sí habían proclamado claramente que “en otra habría efusión de sangre”, aunque no pudieron precisar quién lo dijo. El abogado concluye que le parece que estos testimonios son mentirosos y parte de una acusación preparada de antemano por la jerarquía coatepecana. En suma, retomaron en coro las acusaciones del cura de Coatepec. Pero la lectura aguda que hizo el abogado de las acusaciones, le permitió convencerse de que fue al contrario, alguien de entre la “gente de razón”, el que hizo probablemente esa reflexión, sin que pudiera esclarecer claramente quién pudiera haber dicho eso.
En resumen, el abogado constató que el testimonio de los acusadores estaba incompleto y nada imparcial y de ello, lo declara firmemente, “la culpa es del juez” ya que finalmente, por su mala actuación,  “los testigos responden lo que se les pregunta y lo que no, lo callan, en daño conocido de terceros”.
Incluso el abogado va mucho más lejos y nos parece, es nuestra lectura del documento, que acusa al vicario de abusos diversos, de ser un déspota, violento y acaparador. Evidentemente lo hace de manera velada pero muy intencional, hablando de esos vicarios que “maquinan para estropearlos”, intentando sacar todo lo que pueden a los pueblos, hasta el zacate, aunque no tuvieran más ni para cubrir sus casas[17]. También se refiere a esos supuestos señores vicarios que imponían a sus feligreses “la renta” de parcelas de las mejores tierras y a quienes exigían además que contribuyeran con la entrega de pasto suplementario para sus animales y todo tipo de servicios gratuitos que fuera necesitando para su granja propia. No había duda, para él, por lo tanto, de la abusiva actuación en los pueblos de indios de tales vicarios y particularmente de ese vicario iracundo y violento.
En cuanto a la  reputación de “tumultuosos” de sus defendidos, la acusación más grave finalmente,  que difundió la parte acusatoria haciéndose el eco de antiguas sublevaciones contra el vicario Don Luis de la Fuente, el abogado la rebajó a una simple “altercación sobre las antiguas costumbres” ya que ese vicario, otra vez por su propia autoridad, quería imponer reformas cuando sabía muy bien que todo cambio en ese pueblo, siempre se decidía de manera colectiva.        
El abogado lleva paulatinamente a su lector hacia el meollo de su defensa: destruir la validez de la acusación, haciéndose el eco de la reputación ambigua del vicario ya que es “notoriedad de voces…la conocida Pasión del Presente Padre Vicario”. Era bien conocida su voluntad de imponer a toda costa como “maestro de escuela a un sobrino suyo contra el dictamen y aprobación del señor Alcalde Mayor quien tiene puesto otro”. Es esta voluntad la que provocó que se reunieran en cabildo las autoridades del pueblo “el día antes de este acaecimiento y todos de acuerdo deseando complacer a su alcalde mayor”, como deben hacerlo los fieles sujetos del rey, ya que el Alcalde Mayor es su representante. Y finalmente, concluye el abogado, que “de aquí procedió el enojo” de aquel vicario, ya que no  encontró en los documentos del proceso “otra causa para el hecho de los Palos, que todos así lo confirmaron”.
La violencia de “la pasión” del padre se nota en todas las deposiciones de los acusados e incluso el abogado declara “clara y distintamente no haber otro motivo para la indignación del Padre que el cabildo que se hizo la tarde antes del que llaman tumulto”. Y si éste los amenazó con represalias futuras, éstas no tardaron en llegar, “fueron los Palos con que experimentaron la realidad de lo que les prometió”.
Por otra parte se acusa a “mis partes”, dice el abogado, de haber tenido cabildo por el negocio del maestro, como lo hacen para otros asuntos importantes “a beneficio de su República”. Pero eso no debe extrañarnos ya que es innegable que “entre los indios cuanto emprenden, no lo ejecutan, sin consultarlo primero entre ellos mismos, por lo que les es permisible este Acto de Cabildos y más, para el de que se trata para el que les concedió su venia el señor Alcalde Mayor”.
Finalmente, en cuanto a la idea de que fueron la “gente de razón” quienes impidieron que el conato de “tumulto” llegará a más y pudiera peligrar en algo el vicario, el abogado estalló en una clara burla: cómo era posible que unas cuantas “gentes de razón” pudieran haber contenido “cerca de un mil individuos” en pleno tumulto. El testimonio de éstos es muy claro para el abogado, se trata de una mentira: “ocho o diez hombres de razón” no podían amagar un supuesto  “tumulto” y de ahí concluyó que los acusadores “manifiestan clara y expresamente su parcialidad”.

Lentitud de la justicia colonial
Después de haber leído una copia de este expediente y empaparse del caso, el 9 de julio de 1764 Don Manuel Ignacio de Gorospe, juez provincial y vicario general del Obispo de Puebla, firma un documento salomónico ya que los reos pidieron perdón y misericordia y admitieron como justa la prisión que habían padecido. Por lo tanto pide que éstos “Salgan luego de ella apercibidos que se porten en adelante con el respecto y reverencia debida a sus Párrocos”. En cuanto al vicario “que dio motivo con los palos que dio alboroto de los indios, se le notifique se porte con ellos con mas blandura y amor para que le amen y respeten”. Porque le recuerda el prelado, “que es muy mal proceder conseguir el desprecio y la ira de los que debe amparar y doctrinar”.
Todo parecería resolverse felizmente para las indias e indios de Xico pero otro documento de su defensor fechado el 8 de agosto de 1764, nos demuestra todavía que éste “pide clemencia” a las autoridades competentes en nombre de estos “pobres desvalidos” que siguen en la cárcel. Intenta tocar el corazón paternal de dichas autoridades recordando la situación de “tantas familias desamparadas, tantas doncellas sin padres ni madres por hallarse presos y tantos huidos en ajenas doctrinas temerosos del castigo” y espera que pronto “se le den prisa al asunto” y se libere, por fin, a sus defendidos en la cárcel desde hace más de 4 meses.

Epílogo
Más allá del enfrentamiento con un vicario prepotente e iracundo, ese expediente nos muestra en acción la unidad profunda de indias e indios con sus autoridades y el funcionamiento colectivo de la toma de decisiones. Es un hecho que el tamaño de la comunidad en aquella época, un poco más de 1000 personas, unida por los lazos familiares y compadrazgo permitía esa compenetración de todos con todos, vemos  cómo las antiguas autoridades trabajaban en conjunto con las nuevas, cómo las mujeres participaban en esa toma de palabra de la comunidad a tal punto que ellas también sufren la cárcel.
Sorprende también, más allá de los documentos de nuestro expediente, la tenacidad  y empeño de ésa comunidad que durante casi dos siglos luchó, de manera pacífica, para reconquistar tierras que consideraba suyas. Es interesante ver cómo logran asimilar todos los recovecos y laberintos de los procedimientos judiciales coloniales, y posteriores, que si bien a veces se presentan como “pobres” y “miserables”, esto no les impedía saber gastar  cuando se necesitara, sumas importantes para una pequeña comunidad, como cuando esperaban cambiar títulos oficiales de propiedad por dinero, o cuando ofrecieron una suma importante para los gastos de la construcción de la catedral de Puebla de la cual dependían. Analizar ese expediente también nos ha iniciado en las relaciones ambiguas y complicadas de los sacerdotes con sus feligreses, ya que recordemos que los recursos a los cuales pueden pretender para vivir estos vicarios, son muy escasos, y por lo tanto fatalmente tienen que presionar lo más posible a sus fieles. Por otra parte, estos vicarios no están solos, tienen familia, hermanos, sobrinos, la decisión de entrar en el clero no es generalmente una decisión individual sino más bien de todo un grupo familiar que espera del religioso recursos financieros e influencia para el crecimiento del conjunto familiar. Es por eso que el vicario se empeña en imponer a su sobrino porque ése presente como maestro en Xico, es una paga asegurada, pero también una ayuda preciosa para todos los otros negocios de dicho vicario por la importancia estratégica de ese puesto.
Finalmente vimos en nuestro expediente cómo ése proceso remontó hasta la sede episcopal, lo que obligó al obispado a conocer de manera clara las relaciones entre el curato de Coatepec y la República de Indias e Indios de Xicochimalco y se puede considerar que a lo mejor ese conflicto fue un paso importante en la independización de Xico del control de Coatepec, ya que en 1772 Don Francisco Fabián y Fuero, obispo de Puebla, estableció la parroquia de “Santa María Magdalena de Xicochimalco”.




[1] Guy Rozat, Prácticas alimentarias y vida cotidiana de las mujeres en Xalapa a fines del siglo XVIII en Mujeres en Veracruz. Fragmentos de una Historia. Tomo I, Fernanda Núñez Becerra y Rosa María Spinoso Arcocha (coord.), Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa, 2008.
[2] Eric Van Young en su libro La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, 1810-1821. F.C.E. México, 2006, pág. 114. Nos cuenta que entre 1811 y 1814 “la proporción de mujeres indígenas involucradas en delitos es extremadamente más alta pues suma 68% de todas las mujeres arrestadas”. Aunque no puede especificar el tipo de delito cometido.
[3] Jean-Pierre Albert, Le sang et le ciel. Les saints mystiques dans le monde chértien, Aubier, París, 1997
[4] La primera evangelización siendo la de los franciscanos en el siglo XVI, la segunda correspondería al tipo de evangelización promovida por los jesuitas en el siglo XVII y la tercera sería la evangelización que acompaña la introducción de los valores de la primera modernización “capitalista” promovida directamente por la Iglesia secular y el Estado. Si bien el pueblo mexicano hoy se considera como cristiano, es muy probable que una reflexión historiográfica sobre esa cristianización, mostraría algunos elementos religiosos impuestos por esas diferentes capas de evangelización. El fenómeno religioso también es un fenómeno histórico.
[5] De ahora en adelante nos referiremos a ese pueblo con el nombre de Xico como es conocido actualmente ese pueblo.
[6] Conformación regional de la Alcaldía Mayor de Xalapa y procesos territoriales de sus pueblos de indios, 1700-1750. Tesis de Maestría de Paulo César López Romero, COLMICH, Noviembre de 2010, pp. 161-171
[7] Muere el rey de España, Carlos II, sin posteridad en 1700. Las casas reales francesa y austriaca reclaman para uno de sus vástagos el derecho al trono español. Inglaterra y Holanda ven muy mal que la Francia de Luis XIV, ya dominante en el continente, se uniera con España y su imperio, volviéndose así hegemónica. La guerra duró hasta 1715 y se desarrolló en muchos campos de batalla europeos. La destrucción en España fue muy grande ya que degeneró en guerra civil y los ejércitos franceses invadieron España. Es por eso que el tesoro español estuvo durante 15 años muy urgido de recursos, pidiendo ayuda a sus colonias.
[8] Ibid, pág 164.
[9] Ibíd., Pág 168.
[10] Todavía a fines del siglo XVIII y principios del XIX los abastecedores de carnes de Xalapa se preocupan por rentar estos pastizales de San Marcos, que parecían ser un lugar imprescindible para el acopio y el engorde de los ganados para el abasto de dicha villa.
[11] Gilberto Bermúdez Gorrochotegui, El mayorazgo de la Higuera, Universidad Veracruzana, Xalapa, 1987. Particularmente el capítulo IV La decadencia y disolución del mayorazgo pp. 103-153
[12] J. A. Villaseñor y Sánchez, Theatro Americano, descripción general de los reynos y provincias de la Nueva España, México, 1746, Libro II, cap. 8. Cuenta que el “ingenio de Pacho, que era antiguamente populoso y producia quantiosas porciones de azucar, pero hoy se halla desierto y arruinado y solo hay en sus tierras dos o tres rancherias de pobres labradores” 
[13] Ibíd., pág. 285
[14] Ver por ejemplo Jorge E. Traslosheros H. El tribunal eclesiástico y los indios en el arzobispado de México hasta 1630, en Historia Mexicana, año LI, no. 003, COLMEX, 2002, pp. 485-516, Gerardo Lara Cisneros, “La justicia eclesiástica ordinaria y los indios en la Nueva España borbónica: balance historiográfico y prospección”, Los indios ante los foros de justicia religiosa en la Hispanoamérica virreinal, de Jorge E. Traslosheros y Ana de Zaballa, México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 2010. (Serie Historia General, 25).. William B. Taylor, Ministros de lo sagrado. Sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII. Dos Volúmenes, COLMICH, 1999, México.
[15] Agradezco a la Dra. Fernanda Núñez haberme comunicado la paleografía de lo que se podía rescatar de ese documento, consultado en la época en que este archivo aún no había sido clasificado.
[16]Insistiendo en ese detalle de la presencia del Santísimo, indias e indios pretenden hacer notar lo realmente escandaloso de la actuación del vicario que no solamente falta a su propio decoro sino que en esa actuación comete un sacrilegio.  
[17] En la región de Xico las casas estaban muchas veces cubiertas con un zacate muy resistente y muy común en la región: Muhlenbergia macroura o zacatón, cuyos tallos podían alcanzar 1.5 m. de altura y convenía perfectamente para la techura de casas y edificios. Pero también podían servir de alimento nutritivo para el ganado del vicario.